martes, 31 de marzo de 2009

El camaleón


Artidoro Gracia/mayo 2008

Aunque muchos se parecen al camaleón, él es muy diferente. Vive escondido entre los matorrales de la comunidad. Por naturaleza, no le gusta trabajar; prefiere la inmovilidad, a la espera de su presa. Vive solitario y con la agresividad latente del que se sabe observado.
Tiene la piel escamosa por donde se le resbala el agua, el polvo y las habladurías. Al igual que las víboras, la cambia, por lo menos, dos veces cada año. Se arrastra con pesadez y deja una estela de huellas y daños en el camino. Es chaparro, pero eso no le impide trepar a las partes altas o acercarse a los recios troncos para apoyarse y, desde ahí, mirar un poco más lejos.
Se adapta muy fácil a las circunstancias y a los tiempos. Si el día está cargado de nubes, toma tales colores y se viste con ellos. Si el sol brilla en la intensidad del firmamento, se pone el mismo traje y refleja las luces. Si la noche aparece con sus dantescas danzas malignas, se acomoda a ese ambiente.
Es muy hábil para cambiar de temperamento y actúa, sin reparos, como un gran cínico. No desperdicia ninguna oportunidad para sacar ventaja; todas las aprovecha. Gira sus ojos y puede mirar en todas las direcciones. Lo feo de su cuerpo y su forma de actuar lo acercan al mismo diablo. Con las garras afiladas en sus patas, trepa o se arrastra en busca presas. Es lento, pero no necesita ser ágil; la velocidad de su larga y pegajosa lengua es su arma mortal. Con ella atrapa a los inocentes y distraídos; es sordo a sus súplicas y los devora enteros.
Mantenerse lo más lejos posible de él, es recomendable y una buena decisión. El camaleón muerde cuando se le provoca y si hay una herida, es conveniente desinfectarla de inmediato.

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