
Artidoro Gracia/mayo 2008
Aunque muchos se parecen al camaleón, él es muy diferente. Vive escondido entre los matorrales de la comunidad. Por naturaleza, no le gusta trabajar; prefiere la inmovilidad, a la espera de su presa. Vive solitario y con la agresividad latente del que se sabe observado.
Tiene la piel escamosa por donde se le resbala el agua, el polvo y las habladurías. Al igual que las víboras, la cambia, por lo menos, dos veces cada año. Se arrastra con pesadez y deja una estela de huellas y daños en el camino. Es chaparro, pero eso no le impide trepar a las partes altas o acercarse a los recios troncos para apoyarse y, desde ahí, mirar un poco más lejos.
Se adapta muy fácil a las circunstancias y a los tiempos. Si el día está cargado de nubes, toma tales colores y se viste con ellos. Si el sol brilla en la intensidad del firmamento, se pone el mismo traje y refleja las luces. Si la noche aparece con sus dantescas danzas malignas, se acomoda a ese ambiente.
Es muy hábil para cambiar de temperamento y actúa, sin reparos, como un gran cínico. No desperdicia ninguna oportunidad para sacar ventaja; todas las aprovecha. Gira sus ojos y puede mirar en todas las direcciones. Lo feo de su cuerpo y su forma de actuar lo acercan al mismo diablo. Con las garras afiladas en sus patas, trepa o se arrastra en busca presas. Es lento, pero no necesita ser ágil; la velocidad de su larga y pegajosa lengua es su arma mortal. Con ella atrapa a los inocentes y distraídos; es sordo a sus súplicas y los devora enteros.
Mantenerse lo más lejos posible de él, es recomendable y una buena decisión. El camaleón muerde cuando se le provoca y si hay una herida, es conveniente desinfectarla de inmediato.
Aunque muchos se parecen al camaleón, él es muy diferente. Vive escondido entre los matorrales de la comunidad. Por naturaleza, no le gusta trabajar; prefiere la inmovilidad, a la espera de su presa. Vive solitario y con la agresividad latente del que se sabe observado.
Tiene la piel escamosa por donde se le resbala el agua, el polvo y las habladurías. Al igual que las víboras, la cambia, por lo menos, dos veces cada año. Se arrastra con pesadez y deja una estela de huellas y daños en el camino. Es chaparro, pero eso no le impide trepar a las partes altas o acercarse a los recios troncos para apoyarse y, desde ahí, mirar un poco más lejos.
Se adapta muy fácil a las circunstancias y a los tiempos. Si el día está cargado de nubes, toma tales colores y se viste con ellos. Si el sol brilla en la intensidad del firmamento, se pone el mismo traje y refleja las luces. Si la noche aparece con sus dantescas danzas malignas, se acomoda a ese ambiente.
Es muy hábil para cambiar de temperamento y actúa, sin reparos, como un gran cínico. No desperdicia ninguna oportunidad para sacar ventaja; todas las aprovecha. Gira sus ojos y puede mirar en todas las direcciones. Lo feo de su cuerpo y su forma de actuar lo acercan al mismo diablo. Con las garras afiladas en sus patas, trepa o se arrastra en busca presas. Es lento, pero no necesita ser ágil; la velocidad de su larga y pegajosa lengua es su arma mortal. Con ella atrapa a los inocentes y distraídos; es sordo a sus súplicas y los devora enteros.
Mantenerse lo más lejos posible de él, es recomendable y una buena decisión. El camaleón muerde cuando se le provoca y si hay una herida, es conveniente desinfectarla de inmediato.
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