martes, 31 de marzo de 2009

Uno de aviones




Artidoro Gracia (octubre 07)

Un niño mira las nubes que como capullos caminan hacia el rumbo opuesto. Un sándwich, ventanas cortas, aire en cautiverio que golpea el pelo, crema desplegada y llana, cubiertos suaves de plástico que rompen la bolsa en donde vienen envueltos.
– ¿May I have your attention please?
Capullos que crecen y mandan sus sombras sobre las cicatrices de la tierra, ríos que serpentean y dibujan eses y jotas allá abajo.
–Volaremos a una altura de treinta y tres mil pies sobre el nivel medio del mar...
– ¿Quiere más café...?
Niño que balbucea, estruja y aprieta las manos en el mullido asiento. Más nubes, menos tierra. Hilo brillante que dibuja perfiles de casas, después, en las laderas, remata en un caserío maltrecho siguiendo el mismo perfil de los cerros pelones. Horizonte difuso que se pierde y se estira con la vista.
– ¿Retiro su charola?
Hombre que con su panza roza la mesita desenvainada de su compartimiento. Pelo erizado y lentes; se escarba la nariz. Una aeromoza que se agacha para ayudarle a recoger las migajas.
–Pla, pla, pla, pla –dice un niño.
–Bum, bum, bum –contesta otro.
Cerro arañado por arroyos como zarpas de tigre que frotan la ladera y acaban despedazándola. El tiempo tiene estampada su firma sobre los cerros y deja hilos de caminos en la campiña. Selva chaparra, rala. Valle cercado de montañas prietas.
Señora rubia almidonada y tiesa que con los ojos cerrados, dormita.
– ¡Papá, papá! –se escucha por encima del sonido de la velocidad del vuelo.
Tablero de campos, de damas sin jugadores; salpicado de techumbres blancas y terrosas. Sombras enormes de nubes que caminan.
– ¿Otra cheve...?
–Bueno –dice –abre la lata de cerveza y sale un chorro de espuma.
Eses que parecen culebras; montañas largas como si fueran mesas, pequeñas lagunas extraviadas y resecas por el sol. Bostezos, ojos que se abren, cirros aplastados por la canícula, brillo de luz, cabeza que se reclina. Bolsa de peluches, zapatos sin pies, cordillera como lomo de dinosaurio enterrado.
– Hemos iniciado el descenso.
Turbinas que desaceleran, alerones que se recogen, latas vacías, mesas que se doblan. Picos planos, como toros, cañones en la sierra, búfalos que enseñan sus costillas. Turbulencias, mareos, jaquecas, arrepentimientos y temores. Figuras de algodón; mujer dormida boca arriba, torre de blanca arena, iguana que se asolea. Pellejos de agua, cuadrículas de siembra. Brillo sobre el agua presa. Nubes que se arrejuntan unas contra otras, sol que se mete por las ventanas redondas. Ligero ladeo. Caminos que atraviesan las sierras; también se inclinan.
¡Se escucha un tronido en el lado izquierdo!, brincan las mascarillas, nadie puede tomarlas. Se acerca velozmente la tierra con sus granjas y naves al sol, sembradíos, casas. Punta del ala desmembrada en el horizonte, pánico surcando el aire. En el horizonte… soledad y enorme desconsuelo.
– ¡No! ¡No! ¡No!...
– ¡Uuu! ¡Uuu! ¡Uuu! ¿¡Por qué yo!? ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
Refinería que lanza humos desde el brillo de sus eternas antorchas. Se despedazan las alas del avión. Abajo la tierra serena con lagunas de chocolate. La punta chueca del ala sigue ahí, se estremece.
Ruido de alerones, de aire que entra a las turbinas. Más giros y ladeos. Sombras, una sobre otras, industrias con la oscuridad del acero, patios de almacenaje, frenos bruscos en el aire. Gritería, llantos. Tierra, matorrales, caída y golpe pavoroso, llamas contra el suelo. El peso aplastante que hace crujir la panza del avión; aire que resopla en las turbinas y aviva el voraz apetito de las llamas.
Las nubes que se veían hacia abajo, ahora se miran quietas hacia arriba; embudo naranja que apunta hacia el oeste, no hay nadie que venga en ayuda. Caminos de tierra con cercas, polvos que ruedan, conejo asustado que se esconde tras las piedras, focos azules y destellos rojos, pastizales que crecen desordenados, fuego que ahora los devora, manos que mezan el cabello, lentes oscuros, lágrimas y lamentos.
– ¡Uuuuyajuju!
Ulular de sirenas allá afuera, gritos aquí adentro del avión que arede. Pista atravesada en el otro sentido.
– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
Cicatrices del suelo que ahora se tocan. Canal de desagüe lleno de aceite y agua que chorrea hirviente.
Señales de manos que dirigen los rumbos, aleteos, desesperadas, pintan de rojo la vista.
– ¡No! ¡Ya no está!
Conos naranjas, ambulancias, tractores amarillos, embarrados de aceite en sus bocas. Comisariato, maletas al hombro, pitidos de celulares. Manos que abren compuertas.
– ¡Ahí está! ¡Ahí está!
– ¡Ven hijo!
– ¡No puedo!
– ¡Aquí! ¡Aquí!
“Ábrase en caso de incendio”, “Bienvenido a casa”, “Ruta de evacuación”, “Ven y vive la pasión de Cristo”. Paradojas crueles.
– ¡Oscarito! ¡Oscarito!
Silencios… silencios
Maletas sin dueño que deambulan dando vueltas.

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