martes, 31 de marzo de 2009

En el Serengueti


Artidoro Gracia/febrero 2008

Su lomo era de un color marrón con vetas de finas líneas oscuras que le llegaban hasta sus cuartos traseros. El vientre, pecho y cuello eran de un blanco marfil. En sus patas traseras, unos graciosos penachos de pelo negro adornaban su grácil caminar. Unos enormes y brillantes ojos oscuros y unas orejas delgadas completaban el cuadro mágico de su presencia. Swala era un impala hembra increíblemente hermoso, muy ágil y esbelto; escapaba fácilmente del enemigo dando grandes saltos.
Sin duda, una difícil presa para los depredadores; pero no para Kasane, aquel imponente macho de quien se enamoró en la sabana del Serengueti en donde vivían.
Él la cautivó cuando caminaba a su lado, con sus largos cuernos y el movimiento del rabo; cuando peleó por ella con una actitud desafiante, con la cabeza erguida y usando su gran fuerza contra los otros impalas de la manada.

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De ellos, pronto nació una delicada cría, muy parecida a su madre. El parto fue en un día cristalino, con fondos azules y frescos vientos; cuando las inmensas llanuras estaban cubiertas de lluvias, de verdes mantos, abundantes pastizales y los arroyos y estanques cargados de agua. Vivían en un pequeño claro de la maleza, con tierra mullida por las pisadas y bajo un árbol chato, aplastado por los ventarrones de la primavera.
––A finales del verano tendremos que emigrar al norte ––les dijo Kasane ––los pastizales de aquí se secarán, habrá tolvaneras y peligrosas estampidas de los ñus. Debemos prepararnos, buscaré a Kibolo, el hipopótamo dueño del Río Hondo para que nos ayude a cruzarlo. Nos tiene que defender de los feroces cocodrilos que viven escondidos en sus traicioneras aguas.
––Ve tú solo ––le dijo Swala ––nosotros nos quedaremos aquí esperándote. Nuestra hija todavía es muy pequeña y no la arriesgaremos. Tal vez el próximo año te podamos acompañar. Recuerda lo difícil que es poder cruzar ese río. El precio y el riesgo que hay que pagar son muy altos. Cada año es peor. Kibolo quiere cobrar más dinero y los cocodrilos son más voraces. Además, en el camino hay que sortear los peligros de los chacales, hienas y leones hambrientos que acechan los pasos. ¡Anda, ve!, ve tú solo y regresa una vez que la abundancia de comida haya regresado a la sabana, o si lo prefieres, nosotros te alcanzaremos allá en el norte.
–– ¡No!, no quiero que vayan solas estando yo fuera. Será mejor que me esperen aquí en casa.
Y Kasane partió cuando la comida empezó a escasear y el estío arreciaba. Se unió a la manada, cruzaron el Río Hondo y se enfilaron rumbo al norte. Iban en búsqueda de mejores oportunidades de supervivencia.
Ese día, al caer la tarde, los buitres que rondaban en las alturas, descendieron lentamente volando en círculos y fueron a sentarse sobre las largas ramas de un árbol seco y lúgubre.
El sol se retiró por atrás de las montañas y la sombra de la noche fue cubriendo la sabana; las bestias nocturnas, dueñas de la oscuridad, salieron a la rapiña sembrando el temor sobre los moradores.
En su escondite, Swala y su hija se recostaron uniendo sus lomos, dispuestas a descansar. La pequeña se durmió muy pronto. La madre se mantuvo a la expectativa; las lejanas risas burlonas de las hienas, los rugidos de los fieros leones y la posible presencia de los chacales la mantenían en alerta. Sin duda, le hacía falta Kasane.
A la mañana siguiente, los buitres iniciaron su vuelo, se elevaron aleteando con furia en contra del viento y se elevaron rápidamente; al poco rato, sólo unas pequeñas manchas prietas se miraban girando allá arriba, en el cielo. Desde ahí podían mirar todas las sabanas y estepas del Serengueti de quienes se sentían dueños.
Swala y su cría salieron en busca de agua y comida; y luego fueron hasta el río a preguntarle a Kibolo si había visto pasar de regreso a Kasane. Nada obtuvieron de su respuesta. Los cocodrilos al mirar los suculentos platillos en aquel candente verano, se revolvieron sobre sus panzas. Atemorizadas, ambas regresaron a refugiarse a su guarida.
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Pasó el verano, llegaron las lluvias y con ellas los pastos frescos. Algunos miembros de la manada regresaron del norte. Sin embargo, nada supieron sobre Kasane. “Ya vendrá”, pensó Swala. Su hija ya había crecido y era tan grácil y hermosa como ella. Estaba aprendiendo a sortear las dificultades y peligros del Serengueti.
El tiempo siguió su marcha. Nunca volvieron a tener noticias del ausente y temían lo peor. La fortuna de Kibolo crecía año con año; cada vez cobraba más por el peaje. Los cocodrilos más gordos y hambrientos, las hienas y chacales más sedientos de extorsiones y los buitres se multiplicaban revoloteando en busca de la carroña olvidada por los depredadores.
Swala y su hija decidieron emigrar. Era mucha la sequía y los peligros en la sabana. Llegaron con Kibolo.
––No tenemos dinero ––dijo la madre.
–– ¿Y bien? –– le respondió Kibolo tamborileando sus gordos dedos y mirando de reojo a la hija ––podemos solucionar el problema Swala, tú me dirás cómo… afuera, ya sabes… hay chacales y buitres a los que no querrás enfrentar. ¿O si? ––se escuchó a un Kibolo amenazante.
Swala retrocedió adivinando las aviesas intenciones del perverso.
–– ¡Primero muertas que caer en tus garras o en las de ellos! ––le gritó al mismo tiempo que se lanzaron a las revueltas aguas del río.
Nadaron de prisa. Sin embargo los cocodrilos que habían sido avisados por Kibolo, se acercaron peligrosamente. Swala se adelantó y alcanzó a llegar a la otra orilla poniéndose a salvo; pero nada pudo hacer por su hija. Las fauces de los cocodrilos se cerraron alrededor del cuello arrastrándola hacia el fondo del río. Swala, incrédula, se quedó mirando los remolinos de agua que se formaban en la lucha de su hija por sobrevivir. Se sentía impotente y nada pudo hacer. Sus hermosos ojos negros se anegaron de llanto.
Cerca de ahí, cientos de ñus empezaron a lanzarse al agua intentando cruzar el río. Muchos lo lograron; pero otros se quedaron atascados en sus lodos o en las fauces de los cocodrilos. Swala no estaba dispuesta a seguir sufriendo los peligros que la mafia de delincuentes habían tendido sobre la región en donde había nacido y se confundió entre la manada encaminándose esperanzada hacia el norte.
Lo que la hermosa impala ignoraba era que los chacales y buitres no conocían de fronteras geográficas y no sólo campeaban en el Serengueti. Sus dominios iban más allá de las riberas del Río Hondo.
Nunca encontró a Kasane y muy pronto cayó en sus redes.

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