Artidoro Gracia/febrero 2008
Nació a finales de la primavera, casi al mismo tiempo en que nacieron sus otros tres hermanos. Guarecido bajo el alero de un gran tejado, el calor de la madre trajo a la vida al diminuto gorrión en aquel nido en forma de pelota hecho con palillos, hojas secas y algunas crines. Arrullándolo con su melodioso canto, ella lo alimentaba con insectos, granos de ajonjolí y de avena recogidos en la campiña.
Aldri, en cuanto pudo salir del nido, asistió a la escuela de pájaros ubicada en el campanario de la iglesia, frente a la plaza céntrica del pequeño pueblo de casas dispersas y compartiendo las aulas con sus vecinos; las golondrinas y los tordos. Ahí aprendió a cantar y a dar sus primeros paseos por el aire, volando de portal en portal y esquivando en el suelo, mientras daba brincos cortos, a Grego, el temible gato de la señora de la casa, quien también era dueña del tejado.
Cuando Aldri se atrevía a volar más lejos, no llegaba más allá de los corrales.
§
Su corta vida transcurría sin ningún sobresalto. La comida abundaba cerca del nido. Por las tardes salía a divertirse con sus amigos en los frondosos árboles alrededor de la plaza, llenándola de una gran algarabía y alborotando a los niños quienes les aventaban piedras. Sin embargo, y a pesar de estos juegos, para Aldri la vida era muy aburrida, necesitaba conocer otras cosas que lo sacaran de la rutina diaria.
La madre, lo aconsejaba siempre:
––Ten cuidado de los malos amigos, en especial de Corco, el cuervo perverso y siniestro que habita con su pandilla en las grandes ramas de los álamos, allá por el vado del río. Es un cuervo malvado, siempre metido en problemas, nadie lo quiere. ¡Es un rufián! Evítalo, no te acerques a él. Me dicen tus maestros que lo han visto merodeando por las puertas de la escuela. Si lo miras rondando por aquí, ignóralo y me avisas. Ten cuidado también de Grego, es un gato tramposo y maldito; ya se ha comido a dos de los vecinos. Es un bribón y maligno. Siempre con intrigas. Persigue a los pequeños como tú, para, ¡Vete tú a saber para qué demonios los busca!, además para comérselos, claro está, pero debe haber alguna otra razón además de ésa. Todos saben que es amigo de Corco, los han visto merodeando juntos por los corrales, en el patio de atrás y acechando por los tejados. ¡Aléjate de ellos Aldri!, yo sé lo que te digo, escucha a tu madre que ya tiene muchos años de experiencia en esto.
Los consejos de la mamá gorrión causaban en él un efecto contrario de lo que pretendían; una profunda curiosidad por conocer a esos rufianes fue germinando en su cabeza.
§
En el verano, mientras los pajarillos revoloteaban por los portales, Corco estaba sentado, columpiándose sobre la rama de un Laurel de la India. Lanzó un graznido y Aldri lo escuchó:
––No temas niño ––le dijo ––ven aquí, quiero platicar contigo, te va a interesar.
El gorrioncillo dudó. Pero pudo más su curiosidad que la prudencia aconsejada por su madre. El plumaje de color negro azabache de Corco que brillaba con el sol lanzando destellos azulados lo tenía hipnotizado.
––No tengas miedo, pequeño ––le insistió Corco fingiendo una voz inocente y canora ––sólo escúchame un momento.
Aldri revoloteó tímidamente y se sentó en el mismo árbol, a unos cuantos metros de Corco.
––Acércate un poco más, no pasa nada, ven aquí.
––No… no sé si deba… mi mamá…
–– ¡Ni lo digas! Tu madre te quiere mucho y yo no sería capaz de causarte daño. Mira… déjame contarte; conozco muchos lugares muy hermosos, todos diferentes a los que tú estás acostumbrado, lejos de aquí. Con mis poderosas alas puedo volar por las montañas; he conocido muchas cañadas y valles. ¡Esto es la libertad! Con ello me siento feliz, llego a ríos y subo por arroyos. He tenido cuantas hembras he visto. Si un día quiero irme más allá de aquellas montañas cenizas, lo hago, si otro día quiero comer en los maizales del valle, alistando mis alas y con lanzarme al vuelo, en poco tiempo me harto de esos granos dulces, nada ni nadie me detiene… ¡Cruac!
Hizo una pausa y desplegó unas enormes alas para asombrar a Aldri. El pequeño estaba impresionado y miraba a Corco sin pestañear.
––Tú podrías hacer lo mismo ––le dijo dándose cuenta del efecto que habían causado sus palabras.
–– ¿Si? ––dijo Aldri asombrado.
––Es lo más sencillo de la vida; pero antes tienes que alimentarte muy bien y aspirar a ser grande. ¿No lo crees?
––Si… pero… no se si deba…
–– ¡Cruac! ¡Tonterías! la vida es para los valientes y arriesgados, no todo lo puedes tener en una sedentaria vida como la que llevas. ¿Acaso no has escuchado alguna vez el dicho aquel de que “Vive cada minuto de tu vida como si fuera el último”? Sin duda una gran verdad; todo está en que tú lo intentes. Mira ––bajó la voz ––primero tienes que comer bien, te traje para ti este paquete de cereal de granos de trigo, maíz y arroz blanco. Es lo mejor que hay para crecer y fortalecer tus alas. ¡Pronto notarás la diferencia y podrás volar tan alto como tú lo quieras! ¡El límite es el cielo y tu imaginación!
–– ¿De verdad?
–– ¡Cruac! ¡Que te lo digo yo! ¡Mírate en este espejo! ––Volvió a desplegar las alas –– ¿Quieres que te lo demuestre? Espera aquí un momento, no me pierdas de vista.
Se lanzó al vacío, aleteó con gran fuerza y aprovechando la corriente del aire se elevó por encima del campanario en un segundo; hizo malabares y piruetas en lo alto y se lanzó como una saeta de picada hacia la plaza. Un largo y sonoro graznido retumbó en los tejados. Unos centímetros antes de tocar el suelo se elevó vigorosamente haciendo un gran ruido con el tronar de sus alas. Aldri estaba perplejo por el despliegue de poderío de Corco. Algunos pajarillos asustados se refugiaron en sus nidos buscando el cobijo de sus madres.
Corco regresó con una gran sonrisa.
–– ¿Has visto de lo que soy capaz? Todavía lo puedo hacer mejor, para eso tengo que comer más de este cereal. Lo haré después, ahora no. El paquete es para ti. Te lo regalo para que comas y hagas lo mismo que yo. Mañana regreso y me platicas de lo que hiciste. ¿Sí?... Sólo una cosa… ¡Cruac! ––Miró hacia todas direcciones ––no le digas a nadie de esto, tienes que ser el gorrión más poderoso del pueblo… ¿Sí? Después me ayudas a venderla al resto de tus amigos, pero será hasta que te hayas convertido en el más fuerte y veloz y ellos hagan lo que tú les ordenes. ¿De acuerdo?
––Creo que sí ––dijo Aldri… pero…
––No, no amiguito… recuerda lo que te he dicho… la vida es un segundo. ¡Aprovéchala ahora! ¡Cruac!
Aldri se marchó a casa con el paquete. Estaba muy contento y ansioso. Esperó a que cayera la noche para subirse al tejado sin que su mamá se diera cuenta; desenvolvió el paquete y comió el cereal a picotazos; con desesperación, salpicando por todas partes. Al poco rato, una gran euforia y un enorme júbilo lo invadieron. Se empezó a sentir fuerte, con ímpetus de desafiar al mismo Grego y cobrarle las afrentas recibidas. “Será después”, pensó. Ahora quería probar la fuerza que le brotaba de sus alas. Voló en la oscuridad; empezó a subir a unas alturas antes inimaginables para él. Cuanto más alto, su euforia era más grande. No había límites en el cielo. Las luces del pueblo cada vez se fueron haciendo más pequeñas y llenas de luces fosforescentes. Desde arriba podía mirar las farolas de los otros pueblos y las estrellas más luminosas. Un magnífico arco iris nocturno se formó ante sus ojos y pudo transportarse a través de sus curvas brillantes. Los sonidos extraordinarios del roce del viento le llenaban los oídos. Hasta a esas alturas alcanzó a escuchar el tañir de las campanas de la iglesia mezcladas con sus trinos de alegría. Estaba gozoso y maravillado. Pero tuvo que regresar cuando empezó a sentir un decaimiento en el cuerpo; no podía respirar. Llegó al alero del tejado y alcanzó a acurrucarse en el nido antes de que se le pasara la emoción y la euforia que le había producido el cereal de granos.
“Mañana voy a buscar a Corco para que me de un poco más, ha sido fabuloso y quiero llegar más lejos”. Pensó antes de dormirse. Un ligero dolor de cabeza empezó a sentir. El cansancio por la emoción y el sueño hicieron que lo olvidara.
§
–– ¡Incrédulo! ¡Sabía que te sentirías así! ¿Y aún te atreves a dudarlo? ––le dijo Corco a un Aldri ojeroso cuando llegó a posarse cerca de él y le contó lo que había pasado por la noche –– ¡Esto es lo mejor que hay! Con el tiempo el cereal te hará poderoso y podrás maravillar con mil historias a tus enamoradas. Sólo una cosa, mi amigo, ¿eh?, ya no voy a poder mirarte, cuando necesites más, vas a buscar a Grego. Él es mi amigo y tendrá todo el que quieras. Yo tengo que ir a otros pueblos a resolver unos asuntitos pendientes.
––Pero… tú me dijiste…
––Lo sé… ––le dijo mientras lo rodeaba con una de sus grandes y negras alas ––por supuesto que soy tu amigo y lo seré por siempre. Volveré muy pronto. Grego va a ser mi representante. Lo que necesites de mí, con él lo podrás tener. Ahora ve a buscarlo, él ya sabe de lo que se trata. ¡Cruac! ¡Adiós! ––se despidió mientras emprendía el vuelo dejando una estela negra azabache por encima de las copas de los árboles.
Aldri se quedó atónito. Intentó alcanzar a Corco. Quiso volar como la noche anterior pero sólo llegó un poco más allá del campanario. Le faltaron las fuerzas que había sentido con el cereal tan delicioso. Lo necesitaba con urgencia.
Fue en busca de Grego y lo encontró en los corrales. Estaba desenterrando misteriosamente un envoltorio de plástico.
––Qué bueno que vienes ––le dijo ––Corco ya me ha contado de ti. Ahora tú eres mi aliado y necesito que me ayudes.
––Yo quiero ser fuerte como anoche.
––Y lo vas a ser… si tu me ayudas, por supuesto. Escucha… por cada dos paquetes de cereal que vendas a tus amigos, yo te voy a dar uno gratis, en caso contrario vas a tener que comprarlo.
–– ¿Comprarlo? Eso no es lo que Corco me dijo. Además no tengo dinero.
––Sí, pero las cosas cambian Aldri. Si quieres más cereal ––palpó el envoltorio recién desenterrado ––tendrás que hacer las cosas que yo te diga. ¿Entendiste?
Aldri guardó silencio y ya no le dijo nada. Muy triste y angustiado se dio la vuelta y fue hacia su casa. La cabeza le estallaba y se sentía deprimido. Su madre lo miró llegar abatido y, preocupada, no quiso preguntarle el motivo de su estado: “Será mejor que le pregunte mañana, ya se le pasará. Han de ser cosas de pequeños”. Pensó y siguió haciendo sus tareas.
Pasó ese día y llegó la noche.
En la madrugada lo despertó una horrible pesadilla. Con temblor en el pico y desorientado no esperó el amanecer y salió a buscar a Grego. Estaba seguro que necesitaba comer el cereal con urgencia, aunque fuera sólo un poco. Con cierto recelo le tocó la puerta, pero no obtuvo respuesta. El gato estaba despierto; sabía que era Aldri y no quiso abrirle. El plan del perverso era desesperarlo y llevarlo hasta el límite para que aceptara las condiciones.
§
Aún no salía el sol cuando Aldri ya se encontraba posado sobre la cruz más alta del campanario. La vista se le nublaba y todo le daba vueltas. Unas horribles náuseas lo hicieron volver el estómago una y otra vez; decidió poner fin a su angustia. Saldría a los pueblos vecinos a buscar a Corco antes del medio día; cuando el sol calentaba sin piedad el camino.
Todavía desorientado, emprendió el vuelo. Apenas había dado unos cuantos aletazos cuando chocó con su cabeza contra unos delgados cables de acero. Se rompió la nuca y cayó de picada, moribundo, entre los corrales. Cuando iba cayendo, algunas plumas se le desprendieron de sus alas ya tiesas.
Más tarde, Grego lo encontró desplumado. Aunque Aldri ya había fallecido, aún le quedaba algo de calor en el cuerpo.
“No importa, ya habrá más Aldris en los tejados”. Pensó Grego mientras se lo comía lentamente relamiéndose los toscos bigotes y sosteniendo entre sus patas traseras un envoltorio del cereal milagroso.
Nació a finales de la primavera, casi al mismo tiempo en que nacieron sus otros tres hermanos. Guarecido bajo el alero de un gran tejado, el calor de la madre trajo a la vida al diminuto gorrión en aquel nido en forma de pelota hecho con palillos, hojas secas y algunas crines. Arrullándolo con su melodioso canto, ella lo alimentaba con insectos, granos de ajonjolí y de avena recogidos en la campiña.
Aldri, en cuanto pudo salir del nido, asistió a la escuela de pájaros ubicada en el campanario de la iglesia, frente a la plaza céntrica del pequeño pueblo de casas dispersas y compartiendo las aulas con sus vecinos; las golondrinas y los tordos. Ahí aprendió a cantar y a dar sus primeros paseos por el aire, volando de portal en portal y esquivando en el suelo, mientras daba brincos cortos, a Grego, el temible gato de la señora de la casa, quien también era dueña del tejado.
Cuando Aldri se atrevía a volar más lejos, no llegaba más allá de los corrales.
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Su corta vida transcurría sin ningún sobresalto. La comida abundaba cerca del nido. Por las tardes salía a divertirse con sus amigos en los frondosos árboles alrededor de la plaza, llenándola de una gran algarabía y alborotando a los niños quienes les aventaban piedras. Sin embargo, y a pesar de estos juegos, para Aldri la vida era muy aburrida, necesitaba conocer otras cosas que lo sacaran de la rutina diaria.
La madre, lo aconsejaba siempre:
––Ten cuidado de los malos amigos, en especial de Corco, el cuervo perverso y siniestro que habita con su pandilla en las grandes ramas de los álamos, allá por el vado del río. Es un cuervo malvado, siempre metido en problemas, nadie lo quiere. ¡Es un rufián! Evítalo, no te acerques a él. Me dicen tus maestros que lo han visto merodeando por las puertas de la escuela. Si lo miras rondando por aquí, ignóralo y me avisas. Ten cuidado también de Grego, es un gato tramposo y maldito; ya se ha comido a dos de los vecinos. Es un bribón y maligno. Siempre con intrigas. Persigue a los pequeños como tú, para, ¡Vete tú a saber para qué demonios los busca!, además para comérselos, claro está, pero debe haber alguna otra razón además de ésa. Todos saben que es amigo de Corco, los han visto merodeando juntos por los corrales, en el patio de atrás y acechando por los tejados. ¡Aléjate de ellos Aldri!, yo sé lo que te digo, escucha a tu madre que ya tiene muchos años de experiencia en esto.
Los consejos de la mamá gorrión causaban en él un efecto contrario de lo que pretendían; una profunda curiosidad por conocer a esos rufianes fue germinando en su cabeza.
§
En el verano, mientras los pajarillos revoloteaban por los portales, Corco estaba sentado, columpiándose sobre la rama de un Laurel de la India. Lanzó un graznido y Aldri lo escuchó:
––No temas niño ––le dijo ––ven aquí, quiero platicar contigo, te va a interesar.
El gorrioncillo dudó. Pero pudo más su curiosidad que la prudencia aconsejada por su madre. El plumaje de color negro azabache de Corco que brillaba con el sol lanzando destellos azulados lo tenía hipnotizado.
––No tengas miedo, pequeño ––le insistió Corco fingiendo una voz inocente y canora ––sólo escúchame un momento.
Aldri revoloteó tímidamente y se sentó en el mismo árbol, a unos cuantos metros de Corco.
––Acércate un poco más, no pasa nada, ven aquí.
––No… no sé si deba… mi mamá…
–– ¡Ni lo digas! Tu madre te quiere mucho y yo no sería capaz de causarte daño. Mira… déjame contarte; conozco muchos lugares muy hermosos, todos diferentes a los que tú estás acostumbrado, lejos de aquí. Con mis poderosas alas puedo volar por las montañas; he conocido muchas cañadas y valles. ¡Esto es la libertad! Con ello me siento feliz, llego a ríos y subo por arroyos. He tenido cuantas hembras he visto. Si un día quiero irme más allá de aquellas montañas cenizas, lo hago, si otro día quiero comer en los maizales del valle, alistando mis alas y con lanzarme al vuelo, en poco tiempo me harto de esos granos dulces, nada ni nadie me detiene… ¡Cruac!
Hizo una pausa y desplegó unas enormes alas para asombrar a Aldri. El pequeño estaba impresionado y miraba a Corco sin pestañear.
––Tú podrías hacer lo mismo ––le dijo dándose cuenta del efecto que habían causado sus palabras.
–– ¿Si? ––dijo Aldri asombrado.
––Es lo más sencillo de la vida; pero antes tienes que alimentarte muy bien y aspirar a ser grande. ¿No lo crees?
––Si… pero… no se si deba…
–– ¡Cruac! ¡Tonterías! la vida es para los valientes y arriesgados, no todo lo puedes tener en una sedentaria vida como la que llevas. ¿Acaso no has escuchado alguna vez el dicho aquel de que “Vive cada minuto de tu vida como si fuera el último”? Sin duda una gran verdad; todo está en que tú lo intentes. Mira ––bajó la voz ––primero tienes que comer bien, te traje para ti este paquete de cereal de granos de trigo, maíz y arroz blanco. Es lo mejor que hay para crecer y fortalecer tus alas. ¡Pronto notarás la diferencia y podrás volar tan alto como tú lo quieras! ¡El límite es el cielo y tu imaginación!
–– ¿De verdad?
–– ¡Cruac! ¡Que te lo digo yo! ¡Mírate en este espejo! ––Volvió a desplegar las alas –– ¿Quieres que te lo demuestre? Espera aquí un momento, no me pierdas de vista.
Se lanzó al vacío, aleteó con gran fuerza y aprovechando la corriente del aire se elevó por encima del campanario en un segundo; hizo malabares y piruetas en lo alto y se lanzó como una saeta de picada hacia la plaza. Un largo y sonoro graznido retumbó en los tejados. Unos centímetros antes de tocar el suelo se elevó vigorosamente haciendo un gran ruido con el tronar de sus alas. Aldri estaba perplejo por el despliegue de poderío de Corco. Algunos pajarillos asustados se refugiaron en sus nidos buscando el cobijo de sus madres.
Corco regresó con una gran sonrisa.
–– ¿Has visto de lo que soy capaz? Todavía lo puedo hacer mejor, para eso tengo que comer más de este cereal. Lo haré después, ahora no. El paquete es para ti. Te lo regalo para que comas y hagas lo mismo que yo. Mañana regreso y me platicas de lo que hiciste. ¿Sí?... Sólo una cosa… ¡Cruac! ––Miró hacia todas direcciones ––no le digas a nadie de esto, tienes que ser el gorrión más poderoso del pueblo… ¿Sí? Después me ayudas a venderla al resto de tus amigos, pero será hasta que te hayas convertido en el más fuerte y veloz y ellos hagan lo que tú les ordenes. ¿De acuerdo?
––Creo que sí ––dijo Aldri… pero…
––No, no amiguito… recuerda lo que te he dicho… la vida es un segundo. ¡Aprovéchala ahora! ¡Cruac!
Aldri se marchó a casa con el paquete. Estaba muy contento y ansioso. Esperó a que cayera la noche para subirse al tejado sin que su mamá se diera cuenta; desenvolvió el paquete y comió el cereal a picotazos; con desesperación, salpicando por todas partes. Al poco rato, una gran euforia y un enorme júbilo lo invadieron. Se empezó a sentir fuerte, con ímpetus de desafiar al mismo Grego y cobrarle las afrentas recibidas. “Será después”, pensó. Ahora quería probar la fuerza que le brotaba de sus alas. Voló en la oscuridad; empezó a subir a unas alturas antes inimaginables para él. Cuanto más alto, su euforia era más grande. No había límites en el cielo. Las luces del pueblo cada vez se fueron haciendo más pequeñas y llenas de luces fosforescentes. Desde arriba podía mirar las farolas de los otros pueblos y las estrellas más luminosas. Un magnífico arco iris nocturno se formó ante sus ojos y pudo transportarse a través de sus curvas brillantes. Los sonidos extraordinarios del roce del viento le llenaban los oídos. Hasta a esas alturas alcanzó a escuchar el tañir de las campanas de la iglesia mezcladas con sus trinos de alegría. Estaba gozoso y maravillado. Pero tuvo que regresar cuando empezó a sentir un decaimiento en el cuerpo; no podía respirar. Llegó al alero del tejado y alcanzó a acurrucarse en el nido antes de que se le pasara la emoción y la euforia que le había producido el cereal de granos.
“Mañana voy a buscar a Corco para que me de un poco más, ha sido fabuloso y quiero llegar más lejos”. Pensó antes de dormirse. Un ligero dolor de cabeza empezó a sentir. El cansancio por la emoción y el sueño hicieron que lo olvidara.
§
–– ¡Incrédulo! ¡Sabía que te sentirías así! ¿Y aún te atreves a dudarlo? ––le dijo Corco a un Aldri ojeroso cuando llegó a posarse cerca de él y le contó lo que había pasado por la noche –– ¡Esto es lo mejor que hay! Con el tiempo el cereal te hará poderoso y podrás maravillar con mil historias a tus enamoradas. Sólo una cosa, mi amigo, ¿eh?, ya no voy a poder mirarte, cuando necesites más, vas a buscar a Grego. Él es mi amigo y tendrá todo el que quieras. Yo tengo que ir a otros pueblos a resolver unos asuntitos pendientes.
––Pero… tú me dijiste…
––Lo sé… ––le dijo mientras lo rodeaba con una de sus grandes y negras alas ––por supuesto que soy tu amigo y lo seré por siempre. Volveré muy pronto. Grego va a ser mi representante. Lo que necesites de mí, con él lo podrás tener. Ahora ve a buscarlo, él ya sabe de lo que se trata. ¡Cruac! ¡Adiós! ––se despidió mientras emprendía el vuelo dejando una estela negra azabache por encima de las copas de los árboles.
Aldri se quedó atónito. Intentó alcanzar a Corco. Quiso volar como la noche anterior pero sólo llegó un poco más allá del campanario. Le faltaron las fuerzas que había sentido con el cereal tan delicioso. Lo necesitaba con urgencia.
Fue en busca de Grego y lo encontró en los corrales. Estaba desenterrando misteriosamente un envoltorio de plástico.
––Qué bueno que vienes ––le dijo ––Corco ya me ha contado de ti. Ahora tú eres mi aliado y necesito que me ayudes.
––Yo quiero ser fuerte como anoche.
––Y lo vas a ser… si tu me ayudas, por supuesto. Escucha… por cada dos paquetes de cereal que vendas a tus amigos, yo te voy a dar uno gratis, en caso contrario vas a tener que comprarlo.
–– ¿Comprarlo? Eso no es lo que Corco me dijo. Además no tengo dinero.
––Sí, pero las cosas cambian Aldri. Si quieres más cereal ––palpó el envoltorio recién desenterrado ––tendrás que hacer las cosas que yo te diga. ¿Entendiste?
Aldri guardó silencio y ya no le dijo nada. Muy triste y angustiado se dio la vuelta y fue hacia su casa. La cabeza le estallaba y se sentía deprimido. Su madre lo miró llegar abatido y, preocupada, no quiso preguntarle el motivo de su estado: “Será mejor que le pregunte mañana, ya se le pasará. Han de ser cosas de pequeños”. Pensó y siguió haciendo sus tareas.
Pasó ese día y llegó la noche.
En la madrugada lo despertó una horrible pesadilla. Con temblor en el pico y desorientado no esperó el amanecer y salió a buscar a Grego. Estaba seguro que necesitaba comer el cereal con urgencia, aunque fuera sólo un poco. Con cierto recelo le tocó la puerta, pero no obtuvo respuesta. El gato estaba despierto; sabía que era Aldri y no quiso abrirle. El plan del perverso era desesperarlo y llevarlo hasta el límite para que aceptara las condiciones.
§
Aún no salía el sol cuando Aldri ya se encontraba posado sobre la cruz más alta del campanario. La vista se le nublaba y todo le daba vueltas. Unas horribles náuseas lo hicieron volver el estómago una y otra vez; decidió poner fin a su angustia. Saldría a los pueblos vecinos a buscar a Corco antes del medio día; cuando el sol calentaba sin piedad el camino.
Todavía desorientado, emprendió el vuelo. Apenas había dado unos cuantos aletazos cuando chocó con su cabeza contra unos delgados cables de acero. Se rompió la nuca y cayó de picada, moribundo, entre los corrales. Cuando iba cayendo, algunas plumas se le desprendieron de sus alas ya tiesas.
Más tarde, Grego lo encontró desplumado. Aunque Aldri ya había fallecido, aún le quedaba algo de calor en el cuerpo.
“No importa, ya habrá más Aldris en los tejados”. Pensó Grego mientras se lo comía lentamente relamiéndose los toscos bigotes y sosteniendo entre sus patas traseras un envoltorio del cereal milagroso.
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