Artidoro Gracia/febrero 2008
Está parado, reclamando en el quicio de la puerta; tiene cara de pocos amigos; el ceño fruncido y el pelo revuelto.
–– ¡A veces pienso que me subestimas! ¡No me dejas tomar mis propias decisiones! Yo también tengo derecho a opinar, pero tú siempre me estás corrigiendo, y… ¡Déjame decirte que ya estoy harto!… ¡No me dejas ser como yo quiero!... ¡Me molesta! Siempre quieres que haga las cosas como tú las dices… Y no conforme con eso, te la pasas tooooodo el día cuidándome.
Un “mjm” ––fue la respuesta.
Continúa, casi a gritos; ––Ya te he dicho antes, por favor… déjame demostrar que yo puedo solo, pero… ¡Ah, no!... Siempre quieres estar ahí, metiéndote en mis cosas, vigilándome. Que si en dónde estoy, con quién y por qué. Ya no puedo ir ni a la esquina solo, mucho menos salir con mis amigos. A todo le pones un pero.
Se escucha otro largo “mjm” y un bostezo de fastidio.
Sigue en la puerta. Apoya un pie descalzo sobre el otro pie metido adentro de un gran zapato. ––Que si esto, lo otro, aquello. Quieres saber, qué hice, qué voy hacer, qué estoy haciendo. ¿Por qué quieres saber todo?... Hoy me echaste a perder la tarde. ¡No me llames la atención enfrente de la gente! Y el daño sicológico ¿qué?...
––Mjm…
––Si esta situación la hubiera sabido antes… Pero… Lo malo es que tampoco pude escoger. No tengo muchas opciones…
Ahora se escuchan dos largos “mjm” y uno de ellos, de espalda en la cama y apoyándose en los codos, le dice.
–– ¡Mira, mocoso!… ya deja dormir a tu mamá; ¿No ves que está cansada? No la estés fastidiando. ¡Ya es muy noche! Mañana tienes que ir a la escuela. ¡No andes descalzo!... ¡Tan chiquito y tan rejego! ¡´ora lo verás, con un par de nalgadas te voy a arreglar tu problema!... ¡Orina y acuéstate!
–– ¿Ya viste?... Siempre tengo la razón… Nunca me escuchan.
Da la vuelta y se va a su recámara arrastrando, con un pie, el zapato grande del papá.
Está parado, reclamando en el quicio de la puerta; tiene cara de pocos amigos; el ceño fruncido y el pelo revuelto.
–– ¡A veces pienso que me subestimas! ¡No me dejas tomar mis propias decisiones! Yo también tengo derecho a opinar, pero tú siempre me estás corrigiendo, y… ¡Déjame decirte que ya estoy harto!… ¡No me dejas ser como yo quiero!... ¡Me molesta! Siempre quieres que haga las cosas como tú las dices… Y no conforme con eso, te la pasas tooooodo el día cuidándome.
Un “mjm” ––fue la respuesta.
Continúa, casi a gritos; ––Ya te he dicho antes, por favor… déjame demostrar que yo puedo solo, pero… ¡Ah, no!... Siempre quieres estar ahí, metiéndote en mis cosas, vigilándome. Que si en dónde estoy, con quién y por qué. Ya no puedo ir ni a la esquina solo, mucho menos salir con mis amigos. A todo le pones un pero.
Se escucha otro largo “mjm” y un bostezo de fastidio.
Sigue en la puerta. Apoya un pie descalzo sobre el otro pie metido adentro de un gran zapato. ––Que si esto, lo otro, aquello. Quieres saber, qué hice, qué voy hacer, qué estoy haciendo. ¿Por qué quieres saber todo?... Hoy me echaste a perder la tarde. ¡No me llames la atención enfrente de la gente! Y el daño sicológico ¿qué?...
––Mjm…
––Si esta situación la hubiera sabido antes… Pero… Lo malo es que tampoco pude escoger. No tengo muchas opciones…
Ahora se escuchan dos largos “mjm” y uno de ellos, de espalda en la cama y apoyándose en los codos, le dice.
–– ¡Mira, mocoso!… ya deja dormir a tu mamá; ¿No ves que está cansada? No la estés fastidiando. ¡Ya es muy noche! Mañana tienes que ir a la escuela. ¡No andes descalzo!... ¡Tan chiquito y tan rejego! ¡´ora lo verás, con un par de nalgadas te voy a arreglar tu problema!... ¡Orina y acuéstate!
–– ¿Ya viste?... Siempre tengo la razón… Nunca me escuchan.
Da la vuelta y se va a su recámara arrastrando, con un pie, el zapato grande del papá.
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