Artidoro Gracia/febrero 2008
El sábado pasado, mi esposa y yo, nos fuimos a la cama dispuestos a reponer las fatigas que nos había causado la búsqueda, durante toda la tarde, de una nueva casa a donde mudarnos. Al siguiente día y guiándonos por los anuncios del periódico, veríamos otras alternativas para encontrar aquella residencia que estaba en nuestros sueños.
En cuanto mi cabeza se encontró con la deliciosa almohada, me quedé profundamente dormido…
§
…Miraba, desde la acera de enfrente, el nuevo hogar que habíamos comprado. Lo que más me atrajo, fue aquél extraño misterio que emanaba desde su interior. Las paredes blancas con vivos ocres, sus techos inclinados cubiertos de tejas manchadas con rojos amarillentos, sus sombras proyectadas sobre la fachada y en la parte de atrás, sobre el patio, entre el follaje de los árboles, la densa neblina que reposaba. Todo este conjunto de detalles, le daban un aire misterioso. Era la casa que siempre habíamos estado buscando.
Al empezar a habitarla, las oscuridades de la noche se sentían diferentes a las del lugar en donde habíamos vivido por más de veinte años. Durante el día, las sombras de los árboles en el jardín, se alargaban extrañamente, dibujando en el piso, formas raras que mis hijos encontraban semejantes a vírgenes cadavéricas, a hombres calvos con ojos abiertos, a brujas en escobas y a niños en brazos de sus padres. Cada día, encontraban una silueta diferente que surgía de esas sombras.
Una tarde, mi hijo, que estaba en la segunda planta mirando desde su recámara hacia el patio; me gritó; –– ¡Mira papá, un niño con gorro! ¡Me da mucho miedo!
La sombra, al irse distorsionando con el paso del sol, ayudó a tranquilizarlo.
Después de una intensa lluvia del verano, una mancha de humedad apareció en el muro de la sala. A la más pequeña de las niñas le pareció ver la silueta de un papá cargando a un bebé enfermo.
Una madrugada, mientras mi esposa y yo aún estábamos en cama, me despertó el sonar fuerte de unos tacones que iban hacia nuestra recámara. Pensé que la hija menor se había puesto los zapatos de la mamá, y venía, como en ocasiones acostumbraba, a arrullarse las últimas horas del sueño. Le hice un espacio apretujándome contra mi esposa.
Pero nunca llegó. Intrigado me levanté y fui a la habitación de las mujercitas y luego a la de los niños. Todos estaban profundamente dormidos; no miré ningún par de zapatos con tacones que pudieran haberse puesto. Me extrañó que todos estuvieran cubiertos de pies a cabeza con las sábanas y cobijas.
Destapé a la hija más pequeña. ¡Dios mío! ¡No estaba, en su lugar, apareció una virgen cadavérica con unos profundos huecos en sus cavidades oculares y unos grandes dientes que le hacían la cabeza muy horrenda!… Me asusté y no pude articular una palabra para avisarle a mi esposa. De inmediato, destapé a mi otra hija, ¡una bruja que tenía una escoba salió volando!
Desesperado y sin creer lo que estaba mirando, salí con las piernas rígidas, a rastras y aterrado por las horribles y macabras apariciones. Fui a la de mis hijos, los destapé y un niño calvo con los ojos muy grandes, abiertos, sin parpadear se asomó debajo de las sábanas. ¡Era la imagen de un muerto! Descobijé al mayor ¡Era la muerte con una mueca risueña en sus huesudas mandíbulas…!
Me estaba ahogando de espanto y sin poder decir palabra alguna; caí de rodillas y empecé a llorar por dentro. Temblaba. Tenía las manos frías y engarrotadas.
Escuché muy cerca del oído, la lejana voz de mi esposa. Me sacudía del hombro.
–– ¿Amor?... ¿Estás bien?
Desperté sudando y comprendí que había sido una horrible pesadilla.
––Estoy bien no te preocupes, fue un mal sueño…. Duérmete otro rato ––alcancé a decirle.
Ella se levantó a preparar el desayuno en la planta baja. La escuché salir a recoger el periódico. Bajé para acompañarla.
Muy contenta me dijo –– ¡Mira! ¡Qué hermosa casa están vendiendo! Aquí está la fotografía ¿Podemos ir a verla? ¡Vamos! Tiene las paredes blancas con vivos ocres y techos inclinados. ¡Qué lindas tejas tiene con esos colores rojos amarillentos! ¡Así es como la quiero!
martes, 31 de marzo de 2009
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