Artidoro Gracia/febrero 2008
La mujer llega arrastrando la mano de la niña. La pequeña no quiere caminar más. La esquina de la calle caliente, casi hirviendo. La canícula brilla, derritiendo un semáforo. A la izquierda, las paredes de adobe, gruesos y de un color verde, a la derecha, un edificio alto de cristales grises y aluminios brillantes, con unos tímidos árboles simulando un pequeño jardín.
Sonrisa de caras chatas, zapatos al dos por uno, botones metálicos en camisas, helados de vainilla, barandales de hierro, puntas curvas como cuernos de borrego cimarrón, pájaros y palomas que vuelan al ras del suelo, levantando el polvo de los adoquines color mostaza y van a posarse en algún lugar; picotean la tierra en busca de las migajas que les avienta un niño. Globos multicolores, zapatos blancos pataleando en el calor de mediodía.
“Esperaré, esperaré”
Globos amarillos redondos, ovalados; sonajas que alborotan a los niños y a los monederos de las señoras.
–– ¡Globos, mamá! ¡Globos, mamá!
Llavero de muchas llaves, pantalón vaquero de color negro que no alcanza a cubrir las botas picudas, cabeza de víbora entramada con amarillo, olores de frituras, zapatos que se arrastran junto a las palomas, faldas cremas, blusas grises. Ruidos de freír manteca.
Una paloma se acerca estirando el cuello y mira con el miedo en sus ojos. Sombras que se agotan y se consumen en las baldosas.
–– ¿Mami, tienes hielo?
Corbata morada sin ceñirse al cuello, blusa que tapa los roídos pantalones, latas de refresco, peineta amarilla y pañuelos colorados. Anteojos que reflejan su brillo en las mejillas. Bebidas de aguas frescas, carne de res adobada, cebollas, frijoles refritos y guacamole. Botes de basura que caminan sobre un remolque empujados por manos con guantes de carnaza, cabeza de piel pecosa que camina arrastrando la cara hacia la comida.
“El mundo se va acabar,
El mundo se va acabar,
Si tú me vas a querer
Te tienes que apresurar”,
Mariposa extraviada en este revoltijo de paisajes que vuela vacilante; no hay flores ni musgos. Se desvanece con el sol.
–– ¡Allá, mira allá! ¡Camina!
–– ¡Achis! ¡Achis!
Niño en brazos de su padre, mujer con pasos rápidos que mira y no compra.
–– ¿Te acuerdas que aquí había pescado?
El rostro de la niña se sonroja, entrecierra los ojos, le sudan las manos.
–– ¡Mira! ¡Mira!
Unos globos que caminan pegados al piso. Caras sonriendo, caballo con patas tiesas. Policías silenciosos que caminan de prisa. Celular que suena y se apaga.
El cielo quemante, cuarenta y tantos grados, el sol alcanza el punto más alto. Camisa que se humedece, frente perlada de sudor.
–– ¡Quítate de ahí, te vas a quemar! ¡Cómete eso, ya no voy a comprarte más...!
–– ¿Es de coco?
–– ¡No, es de vainilla! ¡Cómetelo, lo vas agujerear por abajo!
––Ya no tiene ¿me lo acabo?
§
El mundo de la niña empieza a ponerse de cabeza. Ahora se mira por abajo.
–– ¡Ay, mami...!
–– ¿Quieres hielo...?
–– ¡Ay!
–– ¡Acábate la carne!
Globo que se patea jalándolo de su cordón.
–– ¿Te lavaste las manos? ¿Con jabón? ¡No tires la basura ahí, se te va a caer! ¡Déjame la sombra para mí!
––Dame una chancita, mami... ¿Y mi agua? Mami... ¿y mi agua?
Hamburguesa empaquetada. Sudor que se resbala por las cejas y llega a las comisuras de los labios. Mano que se frota la nariz.
––Siéntate allá... mira... allá... la sombra es para las dos... Tómala de aquí abajo, ¡Cuidado! ¡Se te va a caer! ¡Agárrala bien!
––Mami, ya quiero llegar a la casa... ¡Ya me quiero ir! ¡Mamá!
La sombra de la niña azota. Cae a plomo. Se pierde dentro de la misma sombra y se acaba entre ella y el suelo. Ahora es una sola línea dividiendo sus mejillas y los adoquines. La nariz, párpados y manos se dibujan en el piso con un pincel de sudor seco.
–– ¡A ver! ¿Qué te pasó? ¡Hija! ¡Hija! ¡Ambulancia! ¡Ambulancia!
Los sonidos y gritos chillantes de las sirenas y patrullas llegan y rompen el sopor de la plaza y espantando a las palomas.
§
Bastón que camina por delante del anciano que lo porta. Bolsas que se zangolotean, brazos que aprietan, manos que se extienden a otros cuerpos y en otros dedos.
Calor que arrecia, que reseca la garganta y el cuerpo quieto de la niña sobre el piso. La sombra hace su trabajo. Se acorta.
“Ya abrimos, machacados a treinta y dos pesos. Tacos mañaneros a cinco cada uno. Comidas y meriendas desde treinta y seis. Cenas desde cuarenta. Jueves y viernes para desvelados; de trompo, pozole y menudo”
Niña muere en la plaza del pueblo, dice un diario al día siguiente.
martes, 31 de marzo de 2009
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