Artidoro Gracia/febrero 2008
–– ¡Oye, María, llegó un cliente! ¡Atiéndelo, rápido, atiéndelo!
Se escucha un rencoroso ––Sí… sí señor… saliendo de la boca de una mujer morena, cabello recogido, con cara de cansancio y sufrimiento. La boca que lo pronuncia tiene, en una mueca, el temor dibujado.
Es la única fonda abierta que el parroquiano encontró cerca del hotel para cenar.
Los largos brazos, codos y manos de las calles están vacíos. Unos rematan contra las fachadas de los edificios y otros se pierden en la inmensidad de la negra noche. Los ojos amarillos de un semáforo olvidado se apagan y se encienden insistentemente y, otros más allá, tienen una mirada verde regulando el tráfico de unos autos que no existen.
A la entrada de la fonda, despatarrado en una silla, un viejo cascarrabias, que parece ser el dueño, da órdenes, gruñendo y salpicando rabia con las mismas.
Al fondo en la última mesa una tercia de hombres borrachos tiene su propia juerga.
––Otra cheve, ¿sí?...
––Yo te digo; ´ira ¿somos amigos sí o no?...
––No, psss sí… ¿A poco no te lo he demostrado siempre? ¿A poco no?... Tú lo sabes…
––No, psss sí… Eso que ni que…
–– ¿Y tu vieja…?
––No, psss… que se aguante, para eso está, ¿no?
El hombre recién llegado se sienta junto a la rocola.
“…Ingrata pérfida,
Romántica insoluta,
Tú me estrujates
Todito el corazón…”
–– ¿Qué le sirvo, joven?
––Unos tacos dorados de pollo, leche caliente con café; que esté casi hirviendo por favor… ¿Trae frijolitos?
–– ¡María, apaga esa rocola!
“…Ingrata méndiga…
Palabras no son obras…
––Sí… sí señor…
“ahora tú me sobras…
Y yo te falto a ti…
La rocola se queda muda.
Desde la mesa de los tres borrachos se siguen escuchando las voces.
––La cuenta… por favor… ¿sí?
––Son sesenta pesos.
–– ¡María!... ¿Cómo que son sesenta pesos? ¡Yo mismo estoy viendo que fueron siete cervezas y cuestan veinte pesos cada una!
––Sí… sí señor… pero es que ya habían pagado cuatro.
El parroquiano aprieta los dientes y mastica la tortilla de maíz dorada que envuelve la carne de pollo y, al apretarlos, aguanta las ganas de maldecir al infeliz que maltrata a la mesera.
–– ¡María!... ¿Por qué sirves cerveza después de las doce de la noche?... Si me multan, tú vas a pagarla; te la vua descontar de la raya y como no te va alcanzar te la vua quitar de las propinas… ¿Cuántas veces te he dicho que a los diez minutos pa´las doce, no debes servir ninguna? ¿Lo oyes? ¡Ninguna! ¡Que sea la última vez que lu´aces!
El parroquiano muerde otro taco dorado y un chile jalapeño. Siente las ganas de reventar esa boca que vocifera.
––Sí… sí señor… es que esas las serví a las once y media.
–– ¡´íra!... ahí afuera ya están tres patrullas. ¡´íralas! ¿Ves las torretas encendidas? ¿Les hablaría alguien y vienen a multarme? ¡Sal pa´que las veas y te des cuenta! ¡Que sea la última vez que mi´aces esto! ¿´tendiste?...
––Sí… sí señor…
El último de los tacos es triturado con rabia por los dientes del parroquiano. La leche con café hirviendo servida en un vaso de cristal le quema las yemas de los dedos; lo envuelve lentamente en una doble servilleta y le da otro sorbo...
–– ¡´ira! ¡La coca chorriando en el piso! ¿Por qué no la limpias? ¿Quién hizo este mole? ¿Ya lo probastes? ¡Le falta sal! ¿Y el ajonjolí? ¡Que arreglen esto! ¿Y´ora? ¿Quién tiene prendido el aire? ¡María, apágalo!
Los tres hombres salen tambaleándose como hormigas en fila; uno atrás de otro cuidándose para no caer.
––´Ta luego… ´Ta luego… ´Ta luego… –– las diferentes voces se escuchan una tras de otra. Así como van saliendo.
––´Amonos a seguirla a mi casa, mi vieja ya se debe de haber dormido… o ya se le pasó el coraje… si no, pos que se aguante, ¿no?
–– ¡María! ¿Ya vistes? ¡Van hasta las chanclas! ¡Que sea la última vez que lu´aces! ¿Sale? ¡´che vieja pen…!
Las manos del que cena los tacos dorados, se crispan alrededor del vaso de leche hirviendo. Ya no aguanta más tanto insulto y se la arroja a la cara regordeta.
–– ¡Uta ma…! ¡Pend… uta ma´! ––el fondero se retuerce de dolor.
El parroquiano sale corriendo y grita atrás de las patrullas –– ¡Policía, policía! ¡Vayan a esa fonda! ¡Ese tipo está loco, agárrenlo! ¡Maltrata a las mujeres!
–– ¡Oye, María, llegó un cliente! ¡Atiéndelo, rápido, atiéndelo!
Se escucha un rencoroso ––Sí… sí señor… saliendo de la boca de una mujer morena, cabello recogido, con cara de cansancio y sufrimiento. La boca que lo pronuncia tiene, en una mueca, el temor dibujado.
Es la única fonda abierta que el parroquiano encontró cerca del hotel para cenar.
Los largos brazos, codos y manos de las calles están vacíos. Unos rematan contra las fachadas de los edificios y otros se pierden en la inmensidad de la negra noche. Los ojos amarillos de un semáforo olvidado se apagan y se encienden insistentemente y, otros más allá, tienen una mirada verde regulando el tráfico de unos autos que no existen.
A la entrada de la fonda, despatarrado en una silla, un viejo cascarrabias, que parece ser el dueño, da órdenes, gruñendo y salpicando rabia con las mismas.
Al fondo en la última mesa una tercia de hombres borrachos tiene su propia juerga.
––Otra cheve, ¿sí?...
––Yo te digo; ´ira ¿somos amigos sí o no?...
––No, psss sí… ¿A poco no te lo he demostrado siempre? ¿A poco no?... Tú lo sabes…
––No, psss sí… Eso que ni que…
–– ¿Y tu vieja…?
––No, psss… que se aguante, para eso está, ¿no?
El hombre recién llegado se sienta junto a la rocola.
“…Ingrata pérfida,
Romántica insoluta,
Tú me estrujates
Todito el corazón…”
–– ¿Qué le sirvo, joven?
––Unos tacos dorados de pollo, leche caliente con café; que esté casi hirviendo por favor… ¿Trae frijolitos?
–– ¡María, apaga esa rocola!
“…Ingrata méndiga…
Palabras no son obras…
––Sí… sí señor…
“ahora tú me sobras…
Y yo te falto a ti…
La rocola se queda muda.
Desde la mesa de los tres borrachos se siguen escuchando las voces.
––La cuenta… por favor… ¿sí?
––Son sesenta pesos.
–– ¡María!... ¿Cómo que son sesenta pesos? ¡Yo mismo estoy viendo que fueron siete cervezas y cuestan veinte pesos cada una!
––Sí… sí señor… pero es que ya habían pagado cuatro.
El parroquiano aprieta los dientes y mastica la tortilla de maíz dorada que envuelve la carne de pollo y, al apretarlos, aguanta las ganas de maldecir al infeliz que maltrata a la mesera.
–– ¡María!... ¿Por qué sirves cerveza después de las doce de la noche?... Si me multan, tú vas a pagarla; te la vua descontar de la raya y como no te va alcanzar te la vua quitar de las propinas… ¿Cuántas veces te he dicho que a los diez minutos pa´las doce, no debes servir ninguna? ¿Lo oyes? ¡Ninguna! ¡Que sea la última vez que lu´aces!
El parroquiano muerde otro taco dorado y un chile jalapeño. Siente las ganas de reventar esa boca que vocifera.
––Sí… sí señor… es que esas las serví a las once y media.
–– ¡´íra!... ahí afuera ya están tres patrullas. ¡´íralas! ¿Ves las torretas encendidas? ¿Les hablaría alguien y vienen a multarme? ¡Sal pa´que las veas y te des cuenta! ¡Que sea la última vez que mi´aces esto! ¿´tendiste?...
––Sí… sí señor…
El último de los tacos es triturado con rabia por los dientes del parroquiano. La leche con café hirviendo servida en un vaso de cristal le quema las yemas de los dedos; lo envuelve lentamente en una doble servilleta y le da otro sorbo...
–– ¡´ira! ¡La coca chorriando en el piso! ¿Por qué no la limpias? ¿Quién hizo este mole? ¿Ya lo probastes? ¡Le falta sal! ¿Y el ajonjolí? ¡Que arreglen esto! ¿Y´ora? ¿Quién tiene prendido el aire? ¡María, apágalo!
Los tres hombres salen tambaleándose como hormigas en fila; uno atrás de otro cuidándose para no caer.
––´Ta luego… ´Ta luego… ´Ta luego… –– las diferentes voces se escuchan una tras de otra. Así como van saliendo.
––´Amonos a seguirla a mi casa, mi vieja ya se debe de haber dormido… o ya se le pasó el coraje… si no, pos que se aguante, ¿no?
–– ¡María! ¿Ya vistes? ¡Van hasta las chanclas! ¡Que sea la última vez que lu´aces! ¿Sale? ¡´che vieja pen…!
Las manos del que cena los tacos dorados, se crispan alrededor del vaso de leche hirviendo. Ya no aguanta más tanto insulto y se la arroja a la cara regordeta.
–– ¡Uta ma…! ¡Pend… uta ma´! ––el fondero se retuerce de dolor.
El parroquiano sale corriendo y grita atrás de las patrullas –– ¡Policía, policía! ¡Vayan a esa fonda! ¡Ese tipo está loco, agárrenlo! ¡Maltrata a las mujeres!
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