Artidoro Gracia (octubre 07)
Es de un color verde como el de los aguacates. Tiene seis horribles patas; dos muy largas traseras que nacen de su vientre, dos más cortas que brotan del mismo sitio, y otras dos le salen del tórax como si fueran los brazos. Un par de ojos redondos también verdes, pero más pálidos que su cara, tienen dos puntos negros como pelotitas que se mueven en todas direcciones; parece que me miran. Sus alas, como enormes hojas de eucalipto, están pegadas una a otra y se mecen con el viento. Cuatro pelos que parecen bigotes hacen aún más fea su apariencia.
Llegó volando y se estrelló contra el cristal de la ventanilla de mi auto mientras circulaba rumbo a un centro comercial en medio de un intenso tráfico.
Se aferra al cristal con las patas como si fueran ventosas y sostienen el soplo del aire. Mi primera reacción es golpear el vidrio con los nudillos para espantarlo; pero sigue ahí, asido con desesperación. Llego a un estacionamiento, me detengo y busco un lugar vacío para mirarlo mejor. Es muy raro. Nunca he visto un bicho como ese. ¡Es muy enorme para su tipo!
El movimiento rápido de sus ojos refleja una gran angustia. Unas antenitas, como largas pestañas que le nacen arriba de los ojos, se mueven en todas direcciones. Se restriega la cara con las patas. Golpea el cristal con una de ellas. Parece que me llama; gira los horribles ojos y quiere decirme algo. Mientras le miro con atención el vientre y su horrenda cara, pienso:
–“Sí mi amigo, entiendo tu angustia, tú deberías estar en el bosque. ¿Qué haces aquí en la ciudad perdido entre los autos? Sí, ya sé, estás preocupado igual que yo; las mariposas monarca ya no pasan por aquí con sus brillos multicolores; los osos polares se mueren por la falta de hielo y de focas; las inundaciones en todo el mundo; los desgajamientos de cerros; huracanes cada vez más feroces; incendios forestales; los polos que se derriten; picos nevados ya sin nieve; calentamiento global, mi amigo… calentamiento global. ¿Qué vamos hacer? Tu aparición me da esperanzas, eres un ejemplo de la naturaleza… pero me preocupas, ¡Te puede pasar algo aquí en la ciudad!; si quieres te llevo al bosque. ¿Quieres? ¡Vamos! No debes andar por aquí ¡Te van a apachurrar!”
Ahora mueve otra de sus patas y la panza. Sigue con la cara de espanto.
… ¡Plassshhh!... Un franelazo azota la ventanilla y aplasta al monstruo contra el cristal dejando una mancha oscura con tonalidades verdes, salpicando con patas, antenas y bigotes por aquí y por allá.
– ¡Viene… viene! –una franela roja ondea en el retrovisor.
– ¡Viene… viene! ¡No se apure, Don! Parecía una méndiga campamocha, pero ´orita le limpio; ai déjeme el carro, yo se lo cuido. ¿Quiere que lo lave completo de una vez?, ¡ai pa´las cocas mi jefe!
Es de un color verde como el de los aguacates. Tiene seis horribles patas; dos muy largas traseras que nacen de su vientre, dos más cortas que brotan del mismo sitio, y otras dos le salen del tórax como si fueran los brazos. Un par de ojos redondos también verdes, pero más pálidos que su cara, tienen dos puntos negros como pelotitas que se mueven en todas direcciones; parece que me miran. Sus alas, como enormes hojas de eucalipto, están pegadas una a otra y se mecen con el viento. Cuatro pelos que parecen bigotes hacen aún más fea su apariencia.
Llegó volando y se estrelló contra el cristal de la ventanilla de mi auto mientras circulaba rumbo a un centro comercial en medio de un intenso tráfico.
Se aferra al cristal con las patas como si fueran ventosas y sostienen el soplo del aire. Mi primera reacción es golpear el vidrio con los nudillos para espantarlo; pero sigue ahí, asido con desesperación. Llego a un estacionamiento, me detengo y busco un lugar vacío para mirarlo mejor. Es muy raro. Nunca he visto un bicho como ese. ¡Es muy enorme para su tipo!
El movimiento rápido de sus ojos refleja una gran angustia. Unas antenitas, como largas pestañas que le nacen arriba de los ojos, se mueven en todas direcciones. Se restriega la cara con las patas. Golpea el cristal con una de ellas. Parece que me llama; gira los horribles ojos y quiere decirme algo. Mientras le miro con atención el vientre y su horrenda cara, pienso:
–“Sí mi amigo, entiendo tu angustia, tú deberías estar en el bosque. ¿Qué haces aquí en la ciudad perdido entre los autos? Sí, ya sé, estás preocupado igual que yo; las mariposas monarca ya no pasan por aquí con sus brillos multicolores; los osos polares se mueren por la falta de hielo y de focas; las inundaciones en todo el mundo; los desgajamientos de cerros; huracanes cada vez más feroces; incendios forestales; los polos que se derriten; picos nevados ya sin nieve; calentamiento global, mi amigo… calentamiento global. ¿Qué vamos hacer? Tu aparición me da esperanzas, eres un ejemplo de la naturaleza… pero me preocupas, ¡Te puede pasar algo aquí en la ciudad!; si quieres te llevo al bosque. ¿Quieres? ¡Vamos! No debes andar por aquí ¡Te van a apachurrar!”
Ahora mueve otra de sus patas y la panza. Sigue con la cara de espanto.
… ¡Plassshhh!... Un franelazo azota la ventanilla y aplasta al monstruo contra el cristal dejando una mancha oscura con tonalidades verdes, salpicando con patas, antenas y bigotes por aquí y por allá.
– ¡Viene… viene! –una franela roja ondea en el retrovisor.
– ¡Viene… viene! ¡No se apure, Don! Parecía una méndiga campamocha, pero ´orita le limpio; ai déjeme el carro, yo se lo cuido. ¿Quiere que lo lave completo de una vez?, ¡ai pa´las cocas mi jefe!
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