martes, 31 de marzo de 2009

En el parabús


Artidoro Gracia (octubre 07)

Todo lo que yo toco se deshace… Y en ocasiones lo que miro, corre con la misma suerte.
Fue en un mes de agosto de un año de tantos. Manejaba mi vehículo por una calle solitaria, aplastada por el calor sofocante de la hora del mediodía. La vi parada, con la sombra del parabús tapándole medio cuerpo, desde la pañoleta enredada en la cabeza hasta su delgada cintura. El resto del cuerpo se encendía con los rayos del sol. De golpe, me enamoré de su figura. El fuego le pegaba por el sur y el viento por el norte. Unos grandes anteojos negros impedían mirarle la mitad de su cara.
“Seguramente espera a alguien en vano”; pensé y me detuve.
– ¿A dónde vas? –le pregunté desde el interior del auto.
–No voy a ningún lado, sólo vine a recoger a alguien. Se escuchaba como si se tratara de un lejano suspiro.
–Te cansarás de esperar –me encapriché.
–No importa.
–Si quieres te llevo, yo voy a donde tú vayas –le insistí.
–Nadie me lleva, yo soy quien me los llevo. Espero a alguien, no debe tardar, aléjate. Hoy no es tu turno, sigue tu camino.
Me bajé del vehículo y me acerqué lentamente; cuanto más me acercaba, más lejana y débil se escuchaba su voz.
–En tanto se alargan las sombras, aquí me quedo contigo acompañándote.
–Sigue tu camino, ya te dije que me estorbas.
La sombra la fue cubriendo; me envolvió con su misterio, e intrigado, me empeñé en descifrarlo.
–Ya hubiéramos llegado a tu destino. ¿Puedo ver tus ojos?
–Atrás de los anteojos no encontrarás a nadie. Ni a mí.
–Por lo menos, déjame tocarte.
– ¿Acaso no te das cuenta de que yo no existo? ¿Que detrás de los anteojos no encontrarás ojos y si intentas tocarlos tocarás los huecos vacíos de miradas? Ya está llegando por quien vine.
Un pequeño automóvil rojo pasó por la calle a gran velocidad.
Me tenía embelesado. Incrédulo, la repasé con la mirada. Estaba como un suspiro, meciéndose con el viento.
Estiré el brazo para tocarla y asegurarme de lo que su débil voz decía. En ese momento un estruendo me hizo voltear hacia el final de la calle. En un espantoso accidente, un autobús arrastraba bajo las llantas al pequeño vehículo rojo que se había pasado la señal de alto.
Repentinamente el viento sopló con mayor fuerza, las sombras avanzaron a gran velocidad y en el momento en que mi mano rozaba su vestido, ella se deshizo en cientos de pedazos y se esfumó como arena entre mis dedos confundiéndose con los polvos y los humos del aparatoso accidente.
Quedé perplejo y con un sudor frío recorriéndome la espalda.

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