Aunque es la más hermosa de todas, con una alzada de un poco más de metro y medio, graciosa y con armonía en su porte, la cebra ha vivido rumiando su insatisfacción. Sobre su color de fondo, un rosa pálido, casi blanco, destacan las rayas negras torcidas en distintas direcciones. Son diferentes a las del resto que las tienen paralelas y perpendiculares a su espinazo. Tiene el vientre blanco, sin rayas y el hocico negro. Tampoco le gusta el agua de las lagunas y las charcas donde la manada suele pasar largas horas refrescándose del ardiente sol que brilla durante el verano y calcina la estepa.
Vive solitaria, llena de traumas y conflictos, alejada del grupo, la han relegado por comportarse distinta y ocasionando peleas, por las cuales todos la culpan. Cansada de su situación, un día decide ir a la estética de cebras y pide que le borren las rayas torcidas y se las pinten rectas, similares al resto.
–– Eso es imposible–– le dice el estilista–– ¿Acaso no sabes que las que nacen con las rayas torcidas son como los árboles de troncos chuecos y no hay forma de enderezarlos?
La cebra sale muy triste y deprimida con la cabeza oculta entre las patas delanteras. No se da cuenta que su caminar la lleva directo hacia la laguna.
Siente el agua sofocarla pero no quiere levantar la cabeza…
