Artidoro Gracia/febrero 2008
La criatura incontenible se encuentra a la orilla del mar cavando un gran agujero al sur de la pequeña aldea cubierta de nieve. Para avanzar más rápido utiliza gases calientes. Aunque lento, ese trabajo la ha llevado a expandir una extensión que va, desde aquí, hasta donde alcanza la vista… y todavía, un poco más allá.
Sus incansables faenas durante el día y la noche parecen no tener fin. No descansa; pica una y otra vez y se traga los restos de la excavación. Es implacable, no tiene misericordia ni con ella misma.
Son pocos los momentos en que se sienta a descansar, y cuando lo hace, estira uno de sus largos brazos y manos para romper un témpano de hielo; lo derrite entre sus dientes y manos, como si fuera un niño comiéndose un helado. Con la otra mano, también enorme, arranca trozos del bosque verde. La larga y profunda excavación va dejando una llanura de tierra árida.
Aunque hace frío, unos chorros de sudor en forma de gotas de una grasa oscura van cayendo sobre la tierra convirtiéndola en un patético páramo sin vida animal ni vegetal; llena y cubierta de cenizas y lodos oscuros.
Jadea mientras cava. Al golpe de un palazo, la tierra ruge y un sordo estruendo estremece las humildes y pequeñas viviendas haciendo que algunas se desplomen como si fueran naipes o fichas de dominó. Unas grandes olas nacen del vientre del océano y desatan su furia contra la costa, arropándola, destruyendo todo a su paso y regresando mar adentro a sepultar lo que se ha llevado a rastras.
Los aldeanos asustados recurren a lo que pueden. Se cansan de rogarle a su Dios para que la detengan. Es invencible y nadie la puede ver; pero los efectos de su furia se resienten cada día con mayor intensidad. El agujero sigue creciendo a pasos agigantados.
El consejo de los ochos ancianos se reúne. Pero no es fácil que se pongan de acuerdo. Uno de ellos, el de mayor edad, sugiere que dejen a la criatura seguir con su trabajo:
––El agujero servirá para pescar más ––argumenta.
Otros quieren parar la devastación de la furiosa criatura.
Nombran a un representante para que acuda en nombre de la aldea e intente detener la marcha de lo que para ellos será el fin de la vida.
El anciano llega a la orilla del bosque. Se sorprende ver ahora menos nieve que cuando era un niño. Escucha el sordo rumor de la aceleración y el jadeo de la bestia; pero no la ve. Apoyándose en su bastón, débil y desesperanzado, se dobla y apoya una rodilla contra la nieve, implora:
–– ¡Oye tú, sea lo que seas! ¿Acaso no te das cuenta de lo que estás haciendo?
Al no tener respuesta, se encoleriza y grita:
–– ¡Eres un infeliz desgraciado! ¡Estás cambiando al pueblo y vas a dejar un desastre! ¿En dónde van ahora a jugar los niños? ¡Los estás haciendo sufrir con tus destrozos!
––Es el precio que tendrán que pagar por lo que me hicieron. No me respetan y me arrojaron como si fuera un bastardo; ahora mi odio es irreversible ––ruge la criatura como un recio ventarrón lanzando granizadas, ventiscas y tornados sobre las azoteas de aquella aldea.
El anciano tiembla, regresa con sus pasos arrastrados. El desánimo lo envuelve. Tendrá que contarlo a los vecinos.
El odio de la criatura se queda en el ambiente; se come otro gran pedazo de hielo y sigue cavando. Ni el mismo Dios parece detenerla. Menos lo hará un humilde anciano tembloroso.
Tampoco lo hará el consejo de los ochos sabios.
martes, 31 de marzo de 2009
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