Artidoro Gracia (octubre 07)
En el mismo instante en que se escucha un fuerte estruendo, se apagan las luces que habías encendido. Aún es muy temprano y los truenos de la lluvia te despertaron. Vas al cuarto de tu hija para levantarla. No necesitas iluminación, el pasillo y los muebles los tienes ubicados aún y en la oscuridad.
–Ya es hora, hija, se nos hace tarde, no hay luz, busca una vela –le dices tocándole el hombro –no te asustes, parece que fue el transformador en la esquina, pronto lo arreglarán.
Regresas a tu recámara y enciendes una vela en el mueble del lavabo. Te arreglas la barba, zambulles la cara en el agua, cepillas tus dientes y el pelo.
– ¿Cómo vas? ¿Te falta algo? –le gritas a tu hija.
No hay respuesta. Al escuchar movimientos en su recámara, supones que todo va bien.
“Seguro ya debe estar de pie”
Tienes cuarenta años. Hace algunos años tu esposa falleció en un accidente y desde entonces vives solo con tu hija.
–En un momento vuelve la luz, mientras tanto, ponte el uniforme, péinate y prepara las cosas de la escuela ¿Hiciste la tarea?
– ¡Sí! –te contesta ella.
–Que no se te olvide, ponla en la mochila. Voy abajo a preparar el desayuno.
Bajas la escalera. Ella sigue en la recámara.
El desayuno está listo; huevos revueltos con jamón, pan tostado, jugo de naranja natural y leche caliente con chocolate. Lo de siempre, el que más le gusta a tu hija. Separas un poco y lo pones dentro de su lonchera. La escuela está a un par de cuadras de distancia.
La lluvia y el viento arrecian. Adentro, la casa permanece fría y oscura. Tu hija se retrasa.
-¡Apúrate que se hace tarde! –te asomas por el cubo de la escalera. La recámara de tu hija está en tinieblas.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no bajas?
– ¡Ya voy papá, todavía no termino!
– ¿Cómo?... El desayuno ya está listo y… ¿Todavía sigues en tu cuarto? ¡No lo puedo creer!
– ¡Ya voy papá!
– ¡Hija, hace veinte minutos que te desperté! ¿Todavía sigues en lo mismo?
– ¡Papá!
–Estoy esperándote desde hace media hora. ¿Por qué tardas tanto? Yo me arreglé en sólo cinco minutos.
–Sí papá, pero tú tenías una vela y podías mirar, yo no veo nada, estoy a oscuras, si tuviera una lucecita… ya hubiera terminado.
Quedas mudo ante la respuesta inocente de tu pequeña hija y no encuentras qué decir. Tomas el lonche y sientes un agradable calor en tus manos. Tu hija aparece en la escalera aún no despierta del todo, luce mal peinada, las calcetas, una hasta la rodilla y la otra doblada encima de los tobillos, los cordones de los zapatos sin atar; la abrazas contra tu pecho sintiendo su cálido cuerpecito y sus brazos rodeando tu cintura.
“¡Cuánta falta me haces, mujer!, si estuvieras aquí conmigo con tu lucecita, nuestra hija no pasaría por esto, me ayudarías a educarla y a estar más tiempo con ella. ¡Mira las condiciones en que la tengo!, yo no puedo solo, ¿Qué hicimos para merecer esto? ¿Qué culpa tiene esta pequeña? ¡Qué será de ella si yo le falto?”
Lleno de frío y en tinieblas por dentro, sientes que te desmoronas como si fueras de cartón y el mundo se te viene encima. Te fundes en un abrazo a lo único que tienes. A esa pequeña que luce débil y desarreglada. Tu hija te da las fuerzas para seguir. ¡Ella es tu lucecita!
La acompañas en su desayuno, lentamente, sin prisas. Haces lo imposible para que luzca arreglada; crema en sus manos, cabello peinado y uniforme en su lugar. En un acto de fortaleza le das un largo beso en la frente y un prolongado abrazo.
Sales tomándola de la mano. La proteges y tapas con un paraguas. Caminas. La lluvia salpica los zapatos. Un río de agua fría golpea los autos estacionados junto a la banqueta. Otros circulan; las mamás los conducen llevando a los niños; van al colegio, abrigados, felices.
martes, 31 de marzo de 2009
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