martes, 31 de marzo de 2009

Noche de frío y vino


Artidoro Gracia/febrero 2008

La noche en Madrid era muy fría. El aire cortaba la cara, la nariz y las orejas las dejaba pálidas. Eso no me impidió ir a visitar a tu hermano para traerte el encargo que me hiciste; tres botellas del mejor vino que se vende en España.
Tomé el metro hasta la estación Antonio Machado. Al salir, el aire gélido me cortó las mejillas y los muslos. Encontré la cava de tu hermano bajando desde la calle por unas largas rampas y escaleras. Toqué y abrí la puerta, unas campanitas haciendo tilín, tilín, tilín, denunciaron mi presencia. Había cientos de botellas de vinos, brandis y rones. Envueltas todas ellos en humo de cigarrillo, polvos y cenizas.
Tuve que esperar. No había nadie en el mostrador. Se escuchó una voz que hablaba por teléfono en la parte de atrás de la cava.
–– ¡Ya te acabo de enviar las cajas! Van en una furgoneta y ya no deben de tardar… Nada, nada, llegando allí tú le pagas y ya está... ¡Que nada, que yo te lo digo!… ¡Escúchame, es del mejor vino, es el último que me quedaba… ¡Que no te apures! ¡Joer! ¿Vale?... ¡Hasta ahora!
Era tu hermano quien estaba hablando. Colgó. Se escucharon pisadas entre las cajas y botellas. Me presenté y le dije el motivo de la visita.
––Mañana me voy a México muy temprano ––le dije.
–– ¡Joer! Hace media hora que acabo de enviar las últimas botellas del vino que le gusta a mi hermano ¡Joer! Me hubieras dicho en la mañana cuando me llamaste, pero no te apures, ahora mismo conseguimos otras por aquí cerca. ¡Vamos a buscarlas!
Cerró la cava y fuimos en busca de una cervecería. Él me platicaba algo mientras yo lo seguía titiritando. El aire se colaba por las rodillas y brazos martirizando y haciéndome castañear los dientes.

§
Entramos a la cervecería. Ahí encontramos las tres botellas del mejor vino. Pedimos unas cervezas con cueritos y fritada.
––Para entrar en calor ––dijo tu hermano en medio de un ambiente lleno de humo de cigarrillos.
Yo me miraba las manos tiesas; los dedos como garrotes. Afuera caía hielo. El metro cerraba a la una de la mañana y apuré la última cerveza. Me acompañó a la estación. Mientras caminábamos, no hablé. Sólo lo seguí dando pasos largos sobre las aceras y corriendo al cruzar las calles. No había forma de entrar en calor. El viento, cómplice implacable del frío, llegaba por todas partes. Hacía remolinos de hielo. No encontraba en dónde meter las manos. Bajo las axilas era insuficiente. No me respondían. El cerebro les ordenaba moverse hacia acá y ellas se iban hacia allá.

§
Cerca de las dos de la madrugada llegué al apartamento. Estaba insoportablemente gélido. Hacía más frío adentro que afuera. Encendí la calefacción y me recosté sin desvestirme. Puse las botellas en una pequeña mesa. Recostado me quedé mirándolas.
Lo que pensé no me pareció una mala idea. Si el vino era tan bueno, como me dijo tu hermano, tal vez me haría sentir más cálido. Destapé la primera botella. Paladeé el vino y bebí un pequeño sorbo. Su sabor me llenó de una agradable sensación y un calorcillo reconfortante me empezó a cubrir la erizada piel…
Unos fuertes golpes en la puerta me despertaron. De pronto no supe en dónde estaba.
–– ¡Que te deja el avión, coño, el taxi está afuera esperando! ––Me gritó el encargado de los apartamentos en donde había estado viviendo los últimos meses.
Vestido con la misma ropa con la que me dormí, empaqué el resto, desordenadamente y en apuros. Dejé junto a la cama las tres botellas vacías. Mudos testigos del frío de la noche anterior.
Lo siento, tenía razón tu hermano, las botellas eran del mejor vino español.

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