Artidoro Gracia/febrero 2008
Desde las profundidades del gran desierto árabe brota como una veloz saeta. Ubayda es una potranca indomable. Su larga crin formándole un velo oscuro, le tapa el rostro y no permite que se le miren sus ojos grandes, brillantes y negros. Nació entre las arenas creadas por la leyenda de Dios. La curva arqueada de su cuello es de una inconfundible belleza. Su silueta con la cabeza erguida, pequeñas orejas, cola levantada y el resto del largo cuerpo de color zaino, se recorta entre las dunas durante las tardes de unos colores intensos y naranjas provocados por el sol ardiente. Su correr juguetón maravilla al resto de los caballos de su especie.
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Su resistente y poderoso galope no le ayuda a escapar cuando cae en una de las trampas de los beduinos mercaderes. Relincha dando coces; pero nada puede hacer para librarse de las ataduras y cables de la celada. Las patas le sangran y del hocico sale una espuma blanca.
Los mercenarios la llevan a rastras hacia la costa y zarpan hacia el occidente desde un pequeño puerto clandestino. En la borda del viejo barco de velas blancas percudidas, llevan atadas de sus cascos a otras potrancas muy preciadas por su resistencia y belleza.
Pronto las venden en los muelles del puerto de llegada, y los compradores, las llevan hacia el norte del mar, internándose en las campiñas y bosques centrales del viejo continente.
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Avanzan penosamente con la ventisca en la frente. El velo de Ubayda le revolotea entre las orejas. Se cubre la cabeza ocultándola entre sus patas delanteras y avanza tirada de la cuerda de los amos. Llegan a un bosque tapizado de pinos y abedules. La lluvia arrecia y aprieta el frío.
Son muchos los peligros que acechan el camino y los mercaderes deciden acampar en un claro y guarecerse entre unos recios troncos de los robles. La lluvia se convierte en una tormenta eléctrica. Un rayo parte en dos el árbol en donde Ubayda está atada. Surge el fuego y ella escapa. Sin volver la vista atrás huye por las colinas. Sin orientación y con un fuerte galope, cruza valles cobijados por el agua y no se detiene hasta sentirse segura y lejos de sus captores.
Con la noche por delante y oteando el horizonte se detiene en un riachuelo que baja de la montaña. El canto de los grillos y las ranas acompañan el latir de su corazón. Ha dejado de llover y el olor del bosque la impresiona. No está acostumbrada a esos olores. Recorre el velo de su rostro y mira las luces de las luciérnagas. Antes, no las conocía. Nunca las había visto. Mira sorprendida cómo esos lápices brillantes trazan curvas luminosas sobre el pizarrón negro de la noche.
La belleza de Ubayda compite con la del paisaje.
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A la mañana siguiente, un amplio valle se abre ante sus ojos. Su corazón le da un vuelco cuando a lo lejos divisa algo que parece ser una manada. Son apenas unos pequeños puntos que juguetean en el reverberar de la distancia. El sol sube muy rápido arrancando el vapor de agua del césped y recogiéndolo con la escoba de su calor y suave brisa. Mientras se acerca, los lejanos puntos van creciendo, hasta darse cuenta claramente que es una caballada. Intrigada, y sintiéndose una forastera, se acerca a ellos, con cautela, midiendo el peligro y haciendo altos ocasionales con prudencia.
Es una manada de potros Przewalski; únicos en el mundo.
Heller, el caballo jefe, se separa del resto y va a su encuentro. Es un caballo de cabeza grande, con largas orejas, cuello espeso y el cuerpo compacto con las patas traseras más cortas. Tiene una larga cola, el pelo de un color amarillento, el hocico blanco y las crines oscuras muy cortas.
La belleza de Ubayda y el aspecto que tiene, diferente a las yeguas de la manada, hace que Heller se muestre receloso. El caballo está acostumbrado a mirarles directamente a los ojos. El manto cubriendo los ojos de la extraña no se lo permite y entiende que la recién llegada es de unas tierras lejanas, de raza y costumbres diferentes a las suyas.
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Las yeguas Przewalski son diferentes a Ubayda; tienen el rostro descubierto, la crin y el pelo muy cortos. Se comportan con otras costumbres y maneras. La aceptan en el grupo con reservas convencidas que pronto regresará a su tierra.
Sin embargo, un amor latente bajo la piel empieza a germinar entre Heller y Ubayda. Las diferencias de sus aspectos lo acrecientan. El cobijo y el cuidado que él le prodiga la van envolviendo en un cariño profundo. A escondidas de los ojos de la manada, empiezan a cortejarse.
Los genes de ella le prohíben cruzarse con caballos diferentes a su raza, sin embargo, con el paso del tiempo y con la cercanía con Heller, hace que se convierta en su pareja inseparable.
A los doce meses nace Dieter, un potrillo con la gallardía del padre y el garbo de su madre.
Y la manada rabiosa decide expulsarlos.
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Pasan algunos días y los tres inseparables, se mantienen a una distancia del grupo, intentando integrarse a ellos de nuevo. Pero la hostilidad de la manada va creciendo y cada vez les lanzan mayores y peligrosas advertencias de agresión.
Ante tal acoso, deciden emigrar hacia el oriente lejano. Con Ubayda a la cabeza, emprenden la marcha en una madrugada, aprovechando la luz del lucero que está apareciendo sobre los bosques centrales. Galopan junto al mar, por sus litorales y alejados de las miradas; caminan durante la noche, y en el día, descansan en los lugares seguros en donde encuentran pastura. Son semanas de largas travesías; pero vale la pena porque así terminan con las agresiones de la manada.
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Después de varias semanas de rodear el mar, y orientados por las estrellas, una mañana divisan las primeras dunas del desierto. Quien más ha sufrido el viaje es Dieter. Pero el joven potrillo va emocionado por la nueva tierra que va conociendo. Heller es un caballo duro y recio; en sus genes trae la reciedumbre de los caballos de la tundra mongólica; y ella, aunque cansada por las agotadoras jornadas, está llegando a tierras conocidas. Satisfecha, nuevamente ve las tolvaneras de arena.
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Los primeros días en el desierto son muy duros para Heller y Dieter, pero los aguantan con estoicismo. Para ellos es difícil soportar los calientes días del desierto. Sin embargo, la libertad que les da el entorno rústico, palian los tiempos.
No se han topado con las caballadas de la región y eso les ayuda a vivir tranquilos. No saben que el desierto silencios y mensajes ocultos que llegan a los oídos de los antiguos compañeros de Ubayda. Las manadas saben que ha regresado con un hijo y una pareja de raza diferente y esa noticia los hace tener un arranque de ira; empiezan a tramar algo terrible. La condenan a morir en cuanto la encuentren.
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Ubayda tiene una muerte terrible bajo los cascos y coces de los caballos que la pisotean. Con esta acción quieren lavarse la cara y la afrenta recibida de parte de la yegua que se cruzó con una raza diferente.
Heller y Dieter nada pueden hacer por ella. Miran morir a la amada desde lo alto de una pedregosa colina y ahora tendrán que huir del lugar que han profanado con sus pisadas.
Así lo hacen y emprenden el regreso a los bosques centrales. Ya conocen el camino.
Para un caballo ya viejo como Heller, es mucho el esfuerzo y sufrimiento. Cuando empieza a cambiar el clima cálido por uno más fresco, se enferma de pulmonía y se queda sin fuerzas; es presa fácil de las fauces de su peligroso depredador, el lobo.
La velocidad que ha heredado de la raza árabe, hace que Dieter pueda huir hasta los valles en donde ha nacido. Con la belleza tomada de su madre, la fortaleza del padre y la reciedumbre del desierto, lo han convertido en un ejemplar, que con el tiempo, ayudará a que se entiendan las formas y las costumbres de vida de la tierra de Ubayda.
martes, 31 de marzo de 2009
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