Artidoro Gracia (octubre 07)
Es un frío domingo. El día amanece con nubes muy apretadas que retrasan la claridad. Unas ligeras lloviznas ocasionales, vienen y rápidamente se retiran. El otoño ya está cerca. Unos grandes nubarrones se pasean de sur a norte y recogen el agua por todo el cielo para regar la ciudad.
Encerrada en su recámara, Lorena está inmersa en un eterno conflicto de tristeza, melancolía y pensamientos. Tuvo un mal sueño y se despertó muy temprano. La vista no le alcanza para mirar, desde su ventana, las montañas, que a lo lejos, también se desperezan para iniciar el día. Se escuchan los ruidos de la ciudad que se despierta tarde y poco a poco se levanta a los aún dormidos.
La neblina, como una gran e interminable sábana de algodones blancos, está montada y cabalga sobre las copas de las jacarandas, fresnos y pinos. Las azoteas de las casas están húmedas. Algunas gotas de agua ruedan y se resbalan por las gárgolas de cantera rosa. Juegan alegremente en los aleros del tejado.
El campanario de la iglesia de ladrillo rojo aparente, más allá de los árboles, y entre la fría bruma, hace crecer su melancolía.
“Hace algunos años, ahí lo conocí y me enamoré, en esa iglesia nos íbamos a casar y fue ahí en donde lo miré por última vez. ¡Ha pasado tanto tiempo! Nunca supe qué fue de él”.
Un sollozo le interrumpe los pensamientos. Luego se transforma en un sordo llanto.
Al frente de su casa, en un ancho andador adoquinado, hay cientos de árboles, entrelazados y abrazándose con sus ramas oscuras, verdes y pálidas. Una farola, aún encendida y olvidada, destella entre sus follajes. Lorena se revuelve en su conflicto y decide salir para despejar su mente. Abre el guardarropa, se pone unas botas, toma una larga gabardina y una bufanda; sale envuelta en ellas. Camina y divaga solitaria por la orilla del parque. Se detiene en la esquina, mira hacia un lado, luego a otro y cruza lentamente la calle desierta. Enfila sus pasos hacia el bosque cercano y se encarama por la entrada principal. Toma a la derecha por un largo y ondulante camino parecido a una gruesa cuerda que amarra los troncos de los árboles. Sigue por la ruta y remata su andar en un envejecido Alcázar.
Como en un rito anual, los árboles se sacuden y empiezan a mudar de piel dejando atrás el ardiente verano. Se preparan para enfrentar el otoño y luego el frío invierno. El viento, presuroso, hace su trabajo, barre la explanada frente al castillo. Recoge a soplos la hojarasca tirada por los árboles al cambiar de follaje. Las hojas se arrastran por el piso, se toman de la mano y hacen colchones junto a los arriates. En la sinfonía del otoño, se escucha un agradable zumbido en las copas de los pinos y fresnos.
Toma una senda improvisada por la ladera. Los escalones imperfectos en la vereda son de troncos que la atraviesan de lado a lado. Llega a un pequeño estanque; sobre el espejo de agua se posan unas hojas curvas que navegan sin rumbo como si fueran barquillos pintados con colores amarillos y naranjas. Al otro extremo del estanque, hay en un claro del bosque con una alfombra de césped de un verde pálido intenso. Unas hojas ocres y violetas caen sobre el pasto como mariposas que se posan a descansar. Lorena pasea la vista sobre ese remanso; del lago al césped, de ahí al cielo como si fuera el vuelo de la hojarasca. Unas rocas pardas de la empinada ladera enmarcan los árboles amarillos. En lo alto, hacia el este, el Alcázar permanece quieto, sólido.
“¡Cuántas ganas tengo de que estés conmigo! Cuando desapareciste, sin dar explicaciones, me dijeron que con el tiempo, sanaría mi pena, sin embargo, ¿Por qué tarda tanto? Cada día que pasa, más te recuerdo”.
Saca de la gabardina un papel y una pluma; escribe lo que siente por dentro, intenta arrancárselo. Primero una letra, después una frase, luego una oración. Con ellas, arma un párrafo, y continúa así, hasta que una página completa termina doblada en el bolsillo.
Un juego de colores verdes, amarillos, morados, azules y otros indescifrables, galopa por el bosque y le pinta su follaje. Las aguas cristalinas de un riachuelo hacen sonidos que rebotan en esos colores, pasan por debajo de un antiguo puente de piedra y terminan junto a las aguas del lago; nada le hace falta al paisaje.
En el claro del bosque, aparece una novia vestida de blanco, se desliza como una nube empujada por la brisa. Apenas roza el pasto húmedo. Flota al encuentro de su prometido. Atrás de ella, su familia. Un fotógrafo carga cámaras fotográficas, lámparas y un largo tripié, los sigue y se encaminan hacia donde Lorena está parada, junto al puente de piedra. Los largos brazos de un sauce llorón cuelgan, besan el agua y los pies de la novia.
Lorena no quiere estorbar, se da la vuelta y se topa de frente con él. ¡Ahí está su antiguo novio, vestido para la fotografía! Se queda estupefacta, ¡No lo puede creer! Todo se le viene encima de golpe. Tanto tiempo ha intentado descifrar lo que pasó y ahora se le presenta; decide enfrentar la realidad.
– ¿Tú?... ¿Tú?... ¿Eres tú el novio?, pe... pero… ¡Ah! Ahora me doy cuenta del porqué desapareciste; lo veo muy claro, ¡No vales la pena! ¡Lo único que lamento es el tiempo que perdí aturdida en mis angustias! ¡Me mentiste, eres un ruin y cobarde mentiroso! –le grita hasta que siente que echa fuera la rabia e impotencia contenida tanto tiempo.
Él la esquiva y sin prestarle atención, se va al encuentro de la novia.
Lorena está anonadada. Quiere seguir reclamándole pero ya no le queda nada por dentro y él ya se encuentra abrazado para la foto. Llena de rabia recoge sus pasos y regresa presurosa, corre sin detenerse. Mientras corre, se frota la piel con el viento, saca su frustración y se descascara, arrancándose a jirones las penurias. Y al cambiar de piel, siente cómo se libera de ellas. Se convierte en una jacaranda más del bosque; se quita las hojarascas que la atormentan. Se desprende de la bufanda y saca el papel que había escrito, lo rompe y lo deposita en la basura.
Sintiéndose renovada, llega a su recámara; se quita la gabardina y la esconde, junto con las botas, en un rincón del cuarto.
Ahora la tarde cae muy rápido.
Momentos antes de la noche, las nubes están listas para lavar la ciudad y sueltan a chorros un fuerte aguacero, restriegan con furia el color negro del pavimento y los ladrillos de las fachadas. Los árboles se defienden, mecen sus ramas y arropan a algunos caminantes sorprendidos en la avenida. Una granizada salpica las calles con un color blanco que brinca y se desmorona al rebotar en el negro asfalto.
Ella respira profundamente y apaga la luz de la recámara. Se para frente a la ventana abierta y mira hacia la calle. Se llena los ojos del color de la noche espesa. Siente cómo el olor de las jacarandas y bugambilias entra por la ventana. Se llena y refresca los pulmones con el aroma húmedo.
El brillo alegre de su mirada, destella y se confunde con el reflejo de las gotas de lluvia saltarinas que resbalan cerca de su ventana. Ya es otra Lorena; ha cambiado de piel.
Es un frío domingo. El día amanece con nubes muy apretadas que retrasan la claridad. Unas ligeras lloviznas ocasionales, vienen y rápidamente se retiran. El otoño ya está cerca. Unos grandes nubarrones se pasean de sur a norte y recogen el agua por todo el cielo para regar la ciudad.
Encerrada en su recámara, Lorena está inmersa en un eterno conflicto de tristeza, melancolía y pensamientos. Tuvo un mal sueño y se despertó muy temprano. La vista no le alcanza para mirar, desde su ventana, las montañas, que a lo lejos, también se desperezan para iniciar el día. Se escuchan los ruidos de la ciudad que se despierta tarde y poco a poco se levanta a los aún dormidos.
La neblina, como una gran e interminable sábana de algodones blancos, está montada y cabalga sobre las copas de las jacarandas, fresnos y pinos. Las azoteas de las casas están húmedas. Algunas gotas de agua ruedan y se resbalan por las gárgolas de cantera rosa. Juegan alegremente en los aleros del tejado.
El campanario de la iglesia de ladrillo rojo aparente, más allá de los árboles, y entre la fría bruma, hace crecer su melancolía.
“Hace algunos años, ahí lo conocí y me enamoré, en esa iglesia nos íbamos a casar y fue ahí en donde lo miré por última vez. ¡Ha pasado tanto tiempo! Nunca supe qué fue de él”.
Un sollozo le interrumpe los pensamientos. Luego se transforma en un sordo llanto.
Al frente de su casa, en un ancho andador adoquinado, hay cientos de árboles, entrelazados y abrazándose con sus ramas oscuras, verdes y pálidas. Una farola, aún encendida y olvidada, destella entre sus follajes. Lorena se revuelve en su conflicto y decide salir para despejar su mente. Abre el guardarropa, se pone unas botas, toma una larga gabardina y una bufanda; sale envuelta en ellas. Camina y divaga solitaria por la orilla del parque. Se detiene en la esquina, mira hacia un lado, luego a otro y cruza lentamente la calle desierta. Enfila sus pasos hacia el bosque cercano y se encarama por la entrada principal. Toma a la derecha por un largo y ondulante camino parecido a una gruesa cuerda que amarra los troncos de los árboles. Sigue por la ruta y remata su andar en un envejecido Alcázar.
Como en un rito anual, los árboles se sacuden y empiezan a mudar de piel dejando atrás el ardiente verano. Se preparan para enfrentar el otoño y luego el frío invierno. El viento, presuroso, hace su trabajo, barre la explanada frente al castillo. Recoge a soplos la hojarasca tirada por los árboles al cambiar de follaje. Las hojas se arrastran por el piso, se toman de la mano y hacen colchones junto a los arriates. En la sinfonía del otoño, se escucha un agradable zumbido en las copas de los pinos y fresnos.
Toma una senda improvisada por la ladera. Los escalones imperfectos en la vereda son de troncos que la atraviesan de lado a lado. Llega a un pequeño estanque; sobre el espejo de agua se posan unas hojas curvas que navegan sin rumbo como si fueran barquillos pintados con colores amarillos y naranjas. Al otro extremo del estanque, hay en un claro del bosque con una alfombra de césped de un verde pálido intenso. Unas hojas ocres y violetas caen sobre el pasto como mariposas que se posan a descansar. Lorena pasea la vista sobre ese remanso; del lago al césped, de ahí al cielo como si fuera el vuelo de la hojarasca. Unas rocas pardas de la empinada ladera enmarcan los árboles amarillos. En lo alto, hacia el este, el Alcázar permanece quieto, sólido.
“¡Cuántas ganas tengo de que estés conmigo! Cuando desapareciste, sin dar explicaciones, me dijeron que con el tiempo, sanaría mi pena, sin embargo, ¿Por qué tarda tanto? Cada día que pasa, más te recuerdo”.
Saca de la gabardina un papel y una pluma; escribe lo que siente por dentro, intenta arrancárselo. Primero una letra, después una frase, luego una oración. Con ellas, arma un párrafo, y continúa así, hasta que una página completa termina doblada en el bolsillo.
Un juego de colores verdes, amarillos, morados, azules y otros indescifrables, galopa por el bosque y le pinta su follaje. Las aguas cristalinas de un riachuelo hacen sonidos que rebotan en esos colores, pasan por debajo de un antiguo puente de piedra y terminan junto a las aguas del lago; nada le hace falta al paisaje.
En el claro del bosque, aparece una novia vestida de blanco, se desliza como una nube empujada por la brisa. Apenas roza el pasto húmedo. Flota al encuentro de su prometido. Atrás de ella, su familia. Un fotógrafo carga cámaras fotográficas, lámparas y un largo tripié, los sigue y se encaminan hacia donde Lorena está parada, junto al puente de piedra. Los largos brazos de un sauce llorón cuelgan, besan el agua y los pies de la novia.
Lorena no quiere estorbar, se da la vuelta y se topa de frente con él. ¡Ahí está su antiguo novio, vestido para la fotografía! Se queda estupefacta, ¡No lo puede creer! Todo se le viene encima de golpe. Tanto tiempo ha intentado descifrar lo que pasó y ahora se le presenta; decide enfrentar la realidad.
– ¿Tú?... ¿Tú?... ¿Eres tú el novio?, pe... pero… ¡Ah! Ahora me doy cuenta del porqué desapareciste; lo veo muy claro, ¡No vales la pena! ¡Lo único que lamento es el tiempo que perdí aturdida en mis angustias! ¡Me mentiste, eres un ruin y cobarde mentiroso! –le grita hasta que siente que echa fuera la rabia e impotencia contenida tanto tiempo.
Él la esquiva y sin prestarle atención, se va al encuentro de la novia.
Lorena está anonadada. Quiere seguir reclamándole pero ya no le queda nada por dentro y él ya se encuentra abrazado para la foto. Llena de rabia recoge sus pasos y regresa presurosa, corre sin detenerse. Mientras corre, se frota la piel con el viento, saca su frustración y se descascara, arrancándose a jirones las penurias. Y al cambiar de piel, siente cómo se libera de ellas. Se convierte en una jacaranda más del bosque; se quita las hojarascas que la atormentan. Se desprende de la bufanda y saca el papel que había escrito, lo rompe y lo deposita en la basura.
Sintiéndose renovada, llega a su recámara; se quita la gabardina y la esconde, junto con las botas, en un rincón del cuarto.
Ahora la tarde cae muy rápido.
Momentos antes de la noche, las nubes están listas para lavar la ciudad y sueltan a chorros un fuerte aguacero, restriegan con furia el color negro del pavimento y los ladrillos de las fachadas. Los árboles se defienden, mecen sus ramas y arropan a algunos caminantes sorprendidos en la avenida. Una granizada salpica las calles con un color blanco que brinca y se desmorona al rebotar en el negro asfalto.
Ella respira profundamente y apaga la luz de la recámara. Se para frente a la ventana abierta y mira hacia la calle. Se llena los ojos del color de la noche espesa. Siente cómo el olor de las jacarandas y bugambilias entra por la ventana. Se llena y refresca los pulmones con el aroma húmedo.
El brillo alegre de su mirada, destella y se confunde con el reflejo de las gotas de lluvia saltarinas que resbalan cerca de su ventana. Ya es otra Lorena; ha cambiado de piel.
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