Artidoro Gracia (octubre 07)
Cierta Navidad te pierdes transitando entre los caminos, sierra arriba. Vas buscando pueblos en donde comprar muebles antiguos ó rústicos para conservarlos en casa. Bordeas los dedos de un río, cubiertos por un tupido de ancestrales encinos, llegas hasta una ranchería denominada como cualquier otra.
Los techos de tierra y las cercas de palizada en un pequeño valle, se dibujan bajo la vista desde una loma. Algunas casas se miran desperdigadas y sueltas; otras amontonadas, acurrucadas entre ellas mismas. Bajas por el camino dando tumbos en el asiento de la camioneta. Al llegar y estacionarte en un pequeño llano salen a tu encuentro varios niños. Algunos con sombreros, otros descubiertos mostrando su cabello cenizo, revuelto. Vienen descalzos o con huaraches. Todos ellos con hambre y sedientos ante la llegada novedosa del visitante. El llano está siendo limpiado por los vientos y regado por las recientes lluvias. Los niños revolotean alrededor de la camioneta, agradecidos por los dulces, galletas, esperanzas y reflejos que les llevas de la ciudad como regalos navideños. Parece que ya te estaban esperando.
Corres la noticia; –Vengo en busca de todo mueble viejo que no les sirva; máquinas de coser, roperos, repisas. Díganles a sus mamás que se los compro.
Los niños, en medio de una gran algarabía, desaparecen; corren entre las casas. Una parvada de cuervos que vuelan casi al ras de los techos cruza el pequeño valle de lado a lado. Sus graznidos se siguen escuchando a través del follaje de los encinos hasta que se confunden con el griterío de otra parvada, ahora de pericos, que vuela como si fueran dando brincos, pintando de verde una nube que con timidez pasa empujada por el viento.
Corriendo, tal y como se habían ido, los niños regresan con algunos molinos de maíz, puntas de hierro, machetes y comales tiznados por el carbón de la leña de mezquite. También regresan los enjambres de manos, pidiendo más dulces y galletas.
Está cambiando el día; la tarde llega y toma prestados del horizonte, los colores amarillos, ocres y pardos para pintarse la cara con ellos. El azul del cielo, salpicado de algodones blancos, livianos y transparentes, empieza a perder la batalla frente a los abrumadores colores del ocaso que lo tornan del color de la arcilla. Las hojas de los encinos se agitan; se sacuden los últimos calores del día. Las gallinas presurosas pican aquí y allá, buscan los últimos granos que alguna mujer les arrojó en los corrales. Es una tarde pueblerina, fresca y apaciguada.
Frente al llano, en donde te encuentras, hay un anciano sentado en cuclillas bajo el techo de su casa. Su figura, recogida entre las piernas y su cara llena de arrugas, intentan guarecerse bajo el ala de un sombrero de palma. Raído.
Desde la puerta de la palizada, lo saludas.
–Buenas tardes.
–Mmmmtardes –balbucea.
Te acercas y lo notas cohibido. En su cara cruzada de arriba a abajo por largas arrugas, se dibuja una sonrisa nerviosa. Te das cuenta que no tiene dientes. Al hablar parece estar silbando, comiéndose las palabras una a una y renuente a soltarlas.
–Véndame algo que ya no le sirva.
–Sí, pásele a ver qué encuentra –te dice y se enrolla aún más entre sus piernas e inclina el sombrero hacia delante.
En las paredes de su casa y en la faz de su rostro, está plasmada la historia del tiempo en caprichosas cicatrices. La casa es de un solo cuarto, con el piso de tierra y el techo de vigas de madera y varas trenzadas a mano. Los adobes en los muros están curtidos con la misma tierra del llano.
En el interior hay, además de pobreza; una hoz, una pala, una silla de madera rota, y muchas cosas oxidadas e inservibles. Tienen tatuadas en su textura, el tiempo sin utilizarse. No es lo que andas buscando.
Calculas que todo aquello vale unos quinientos pesos, tal vez un poco más. Con el deseo de arrancar una sonrisa al pobre viejo, le haces una broma proponiéndole una oferta.
–Le doy cuarenta pesos por todo. ¿Qué le parece? –piensas que se reiría por la ocurrencia, sin embargo, te contesta con unas palabras mordidas en sus resecos labios.
–Déme los cincuenta y llévese lo que le haga falta.
El espíritu navideño te encoge el estómago y sientes un sabor amargo en la boca. Sacas del bolsillo los quinientos pesos y se los entregas en su mano callosa. Él sigue encuclillado. Quiere rechazarlos, dice algo, pero el griterío de los pericos que aún se escucha, oculta sus palabras y se hace cómplice de tu salida del portal. Te das la vuelta y sales del llano dando tumbos, mientras riegas dulces, galletas y ruidos de la ciudad.
A tu paso, los niños se amontonan como si fueran los olvidos de las rancherías.
En la tarde parda, pintada de rojos y amarillos, empieza a asomarse la luna por encima de caserío; parece una brillante gota de agua que quiere desprenderse de su parte oscura. Allá, por encima de la sierra.
martes, 31 de marzo de 2009
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