martes, 31 de marzo de 2009

Rayo de vida


Artidoro Gracia/mayo 2008

Un trémulo hilo de luz, efímero, penetra desde la techumbre, ilumina el espacio sombrío, húmedo y muy oscuro en donde vive. El rayo de luz es como una espada incandescente que irrumpe en medio de la penumbra haciendo brillar las partículas de polvo que flotan en el aire. Se abre paso en la línea recta que le marca el movimiento del sol.
Para la pequeña criatura viviente, de color pálido, éste ha sido el lugar en donde ha estado encadenada desde que nació, por la providencia del destino. Como un milagro de vida, sus raíces brotaron y a ellas permanece atada. En esa abrumadora oscuridad, el tiempo sólo toma importancia cuando aparece el diminuto rayo. Y la soledad empieza, cuando éste desaparece. Quizás han sido meses o tal vez, sólo unas cuantas semanas. Para ella, el tiempo no cuenta. Su existencia está marcada por la tardanza o la prontitud de su rayito de luz. Sabe que vive porque se mira crecer, nota que cambia su cuerpo y le brota alguna tímida y nueva extremidad. Amarillenta y pálida.
Agoniza por la falta de luz y se aferra a ese delgado y agonizante rayo ocasional. Cuando éste se marcha, languideciendo, queda la duda si volverá. Si el día amanece con un cielo opaco que la cubre, el visitante se retira. Su retorno es incierto; depende de las nubes, la lluvia o el cansancio de su amo; el sol. Puede ser muy larga la agonía; sin mirarlo, aplastada por su ausencia. Vive con esa incertidumbre sofocante.
El visitante esporádico, a cierta hora del día, y durante un tiempo muy breve, es el único que rompe con la horrible espesura del encierro. Y cuando hace acto de presencia, con esa esperanza luminosa, ella se enamora del fino cuerpo. Queda extasiada con su caminar por el piso como si fuera una esfera luminosa, muy pequeña, cerca de sus pies. Y absorta, quiere aspirarlo mientras avanza lentamente por el piso como un caracol brillante y aplastado. En su agonía, lo observa mientras éste desaparece, languideciendo, como ella, a unos cuantos metros; sofocado por el resquicio y el polvo.
Su alimento ha sido la escasa humedad de la tierra. La que se cuela por las rendijas de la techumbre o por debajo del portón de madera; por ese zaguán, que ha ido envejeciendo mientras ella crece, y de cuyos tablones no se han vuelto a escuchar los crujidos desde aquella última ocasión en que fue abierta y cerrada de golpe; cuando ella cayó de uno de los costales descosidos, ella, furtiva semilla que le dio la vida, que vino a germinar como un milagro del azar o del destino.
Pronto, del suelo le brotaron las venas por donde come; manteniéndose en vilo, doblada, pero sin romperse. Arañando con sus vaivenes, el hueco vacío de la noche. Parece una delgada figura nocturna de cera, blanda y vacilante, inquieta, iluminada de cuando en cuando por ese hilo de luz ocasional.
“No te vayas tan rápido, rayito mío”, parece decirle cuando éste se asoma por el diminuto agujero en el techo, iluminándola vagamente. Con la ayuda de su luz, se da cuenta que en el aire flotan, además de las diminutas partículas de polvo, algunos hilos plateados con figuras deformes, caprichosas, en donde, unos insectos atrapados entre ellos, sacudiéndose, se quieren deshacer de las ataduras funestas.
Al caer la tarde, el melancólico canto de un grillo escondido, rompe el silencio. El canto trae a otros y sube de intensidad mientras avanza la noche. Las nueces, que caen con el soplo del viento del frondoso nogal, anuncian, con sus golpes en la techumbre, que el otoño está por llegar.
Al día siguiente, el zaguán se abre de golpe. Se escucha el sonido de unos pasos vacilantes y cansados. Un haz de luz hiriente pinta la oscuridad con intensos blancos y naranjas rojizos. Desaparecen los enredos de los hilos plateados, las minúsculas partículas de polvo se convierten en la nada con la intensidad del brillo que las oculta. La luz apaga el paisaje oscuro. El rayo, convirtiéndose en un poderoso faro, la encandila. Y las pisadas se escuchan más cerca, deteniéndose junto a ella.
Un enorme costal con semillas es arrojado y cae encima de ella, aplastándola. Su savia comienza a escurrir humedeciendo la tierra que la había alimentado. Su vida se va apagando desde su interior, por asfixia y con desesperación. Después del primero, cae sobre ella otro costal aún más pesado. Siente cómo una de sus débiles ramas se quiebra. Se le escurre hasta la última gota de savia. Se estremece al sentir el peso agobiante que la sofoca sin piedad.
El lastimero canto del grillo, en señal de duelo, se escucha en el cómplice rincón. Otros pasos de dejan oír jadeantes. Se escuchan otros pasos que jadean. Un costal más se apila sobre los dos primeros y termina por ser triturada. Las gotas de sudor del verdugo, caen y humedecen el polvo, cerca del falleciente cuerpo de la criatura.
Cuando el zaguán se cierra ruidosamente, vuelve la oscuridad. Una línea luminosa camina despacio, en línea recta, por la penumbra. Traza la silueta trágica de los costales. Aparecen otra vez las partículas de polvo y los hilos brillantes de las telarañas.
Desde un rincón del granero, se escucha de nuevo el triste canto de un grillo solitario.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario