martes, 31 de marzo de 2009

Del palo más alto

Artidoro Gracia/febrero 2008

Cuando Gaudencio llegó a su casa arrastrando los pies con espuelas, la luna ya estaba en lo alto; empezaron a ladrar a los perros y los aullidos lejanos de los coyotes.
Y el miedo se le fue metiendo en el cuerpo.
––Algún día te van a dejar colgado del palo más alto de la sierra ––fue lo último que escuchó cuando había empezado la huida.
Con las botas aún puestas, se acurrucó en el catre y envuelto en la cobija llena de polvo, se quiso cubrir del frío. Tenía las piernas congeladas en la larga noche serrana. Ahora sólo se escuchaba el canto de los grillos y el vuelo de los pájaros nocturnos; esos animales que nadie mira pero que se sienten por el sordo aleteo cuando andan por ahí repegándose a las vigas de los techos en las casas.
“Ahora sí, si me va a llegar la muerte que me llegue esta noche, tal y como le llegó a la Hortensia”, pensó adolorido por el frío y mordiendo el aire que resollaba por la boca reseca.
Y los perros empezaron a ladrar de nuevo.
“Perros infelices. ¿Por qué no se callan y dejan en paz a la muertita? ––se siguió retorciendo y acomodándose la cobija por donde el frío le pegaba. Desde hace tiempo ya tenía enfermo su cuerpo huesudo. Esa noche estaba sintiendo la muerte rondando muy cerca. Sentía su aliento helado por la nuca.
“Hortensia, ¡Ay nanita! ¿Pos qué hice? Hasta siento que me estoy desavalorinando. ¿Por qué pienso tanto en ella? ¿O es que la habré dejado bocabajo?”

§
–– ¿Qué es lo que quiere, Gaudencio?
––La quiero a usté, Hortensia. Siempre se lo he dicho y lo voy a repetir munchas veces, aunque no sea de su parecer. Usté me desprecia como si yo fuera un bueno pa nada. Pero no es así. Allá por el valle en donde vivo tengo mis guardaditos; ahí estoy con mi soledad esperando a que usté se ajuaree y se venga a vivir conmigo. Aquí afuerita ya tengo la bestia ensillada, por si ahora mismo me da el sí.
–– ¡Ay, Gaudencio! ¿Por qué me dice esas cosas? Si mi tía se da cuenta, ¡no sabe cómo me va ir! Ya no le siga. Usté siempre anda con sus imaginaciones.
––No, Hortensia, usté lo sabe, lo que traigo aquí en los adentros es desde hace muncho tiempo, desde que éramos chamacos. Usté siempre me cuadró requeteharto y desde esos entonces no la he podido sacar de aquí merito, del mero adentro.
––Hágase pa´llá, Gaudencio, no se me repegue tanto, alguien lo va a notar.
––No le hace. ¿Pos qué mas da?, si se tienen que dar cuenta, pos que sea de una buena vez; total, lo que nos vamos a comer que se vaya recalentando, no sea rejega conmigo.
–– ¡Que nos vamos a emproblemar le digo! Va a ser pior con tanto jaloneo.

§
“Frío infeliz que me está cuarteando el lomo y esta méndiga cobija que no calienta; me dan ganas de abrazar a esos perros aunque anden bravos… ¿Será la enfermedad esta temblorina que traigo en los entresijos?”.

§
––Entiéndame, Hortensia, yo sólo la quiero a usté.
––Ya no le siga, usté nomás me está cocoreando, con tanta palabrería que me está diciendo me dan las afiguraciones de que usté se tomó algo.
––No, Hortensia. Si hasta las corvas me tiemblan nomás de mirarla a usté.
–– ¡Y dale pa la pader!

§
“Siento que se me están partiendo los labios, ora sí creo que sea la malora la que me está entrando. Ya me desgracié la vida con lo que hice y no sé si voy a llegar de aquí hasta que se amanezca el día. Y es que ya se me están engarrotando todos los cuadriles”.

§
––Yo creo que usté trae enfermedades, como de ésas que le pegan a los perros cuando andan en bola atrás de la hembra y mi tía Justina tiene que andar espantándolos y echándoles baldes de agua fría en los lomos.
––Será el sereno, Hortensia pero ahora mesmo tendrá que darme el sí.
––Deje pensármelo. Necesito hacer unas cavilaciones. Lo malo es que la cabeza no me da pa más. Venga mañana y le doy una contestación, ya ve cómo son estas cosas de las mujeres.
––Ya no lo piense tanto, tengo el caballo aquí atrasito esperándonos, nomás detrás de aquellos bultos de las nopaleras.
––Pos ahora no puedo y es que la meritita verdá, yo no lo quiero a usté y nunca lo voy a querer, al que quiero es a Jacinto, su compadre. En las entrañas ya traigo hasta un hijo de él. Usté nunca me cuadró con eso de que andan diciendo por ahí, quesque está enfermo desde siempre, por eso le hice caso a él.
A Gaudencio las palabras hirientes se le atravesaron entre los ojos, y la sangre le nubló el pensar. Ella, la Hortensia, la deseada de toda la vida la imaginó en los brazos del compadre de confianza; la mujer soñada para que fuera la madre de sus hijos, ya traía uno que no era de él.
––Ya estaría escrito lo que voy hacer… y que Dios me perdone… y a quien no le parezca también…
–– ¡Gaudencio! ¿Qué hace usté? ¡Guarde eso! ¡No vaya a desgraciarse pa siempre!
A esa hora, las gallinas ya estaban como piedras en sus dormideras. Cuando sonó el primer trueno de la treinta y ocho, volaron desparramadas por encima de los mezquitales. Al segundo estruendo, los gatos asustados salieron de la cocina y se perdieron atrás de los costales de las mazorcas. El cuerpo de Hortensia quedó tirado bocabajo con dos agujeros por donde se le escaparon, chorreando, los últimos veneros de la vida.
–– ¡Algún día te van a dejar colgado del palo más alto de la sierra! ––Le gritó la Justina cuando se perdía por entre el monte.

§
––Yo creo que este Gaudencio se murió de frío o por la enfermedad que traía. ¿De qué otra cosa se pudo haber muerto? Ni modo que haya sido por un mal de amores; que yo sepa de eso hasta ahora naiden se ha muerto.
––Pos, yo creo que debe haber sido por eso; ya ves lo que le hizo a la Hortensita. No se le veía mucho futuro con esas apuraciones que se le metían.
–– ¿Y cómo ves? ¿Lo colgamos del palo más alto como nos lo encargaron o lo dejamos ansina como quedó pa que se los coman los perros y los coyotes?

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