Artidoro Gracia, 2009
Amelia era su nombre. Nadie sabía de dónde venía, tampoco que significaba ese nombre. Sólo respondían a ella como responder a la necesidad de comer o de saciar la sed.
Así era su nombre. Amelia, La de la revolución que había empezado y nadie sabía cuándo terminaría. Los remolinos de polvos que se abrazaban a los lomeríos no tenían las fechas. Indicaban sólo tempestades de calores y de tierra. Chamizales, matorrales y lagartijas estiradas en la sombra.
Amelia no era nada, sólo mujer de manos callosas y corazón blando, que ofrecía comida hervida y guisados sin grasa. Por todos lados, por cualquier parte de los pisos de tierra mojada.
¿A quién le importaba si era de tarde o era a mediodía? A nadie le interesaba. Aquí el tiempo era una nadería. Importaban más los climas, si hacía calor o frío.
Nada ocurría si así lo deseaba la tal Amelia.
lunes, 16 de noviembre de 2009
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