lunes, 26 de septiembre de 2011
Estuche del cielo
Cerré el estuche con la luna dentro, suspiré y me quedé dormido como si fuera un niño contento.
Entonces soñé. Tenía unas alas enormes, fuertes y me elevé por ese cielo oscuro. Enfilé hacia el rumbo en donde te encontrabas. Llevaba conmigo la llave de tu corazón ya abierto. Llegué, abrazé tu cuerpo, en silencio. No quise despertar tus ojos. Sonreíste. Pensé sabrías que era yo. Y me dejaste hacer. Besé tus mejillas y tomé tu cabello entre mis dedos.
Estabas desnuda, te sentí vibrar. Jugueteé con tu piel, la recorrí en todos sus rincones y valles. Bebí de tu aliento el sabor del cielo y me derretí como un helado de vainilla en los labios. Me quedé dormido en tu pecho, con la sonrisa pintada en el rostro, cansado de tanto sabor a ti.
Desperté. Abrí los ojos. Estiré los brazos para encontrarte a mi lado. Tú aún dormías. Miré tu cara y le dí un último beso. Me levanté repleto de silencio, sin mover un solo pedazo de las sábanas. Y volé tan lejos que llegué hasta en donde ahora estoy, lejos de tí.
miércoles, 5 de enero de 2011
Hoy es tiempo (V)
De lanzar suspiros,
De fríos que empiezan a acariciar los dedos
Hoy es tiempo de cerrar ventanas,
De mirar cortinas,
De caminar despacio,
Hoy es tiempo de peinarse a solas,
De pintar cachetes de colores
De aves que vuelan apretadas,
De largas cadenas en el cielo
De días que salen de los brazos,
De las sienes, de mechones y de canas,
De la espalda, de todas partes,
Como borbollones formando caracoles
Hoy es tiempo de caminar despacio,
De llenarse de humo,
De cerrar cerrojos
De volcarse lleno,
De estrechar los sueños,
Hoy es tiempo de mujeres
Que nunca duermen solas
De hundir los pies descalzos,
De montar caballos,
De comer naranjas,
De no dormir las siestas,
De rascar las nubes
Hoy es tiempo de jugar al trompo
Hoy es tiempo de arrastrar la arena,
De jugar al gato loco
De corretear gallinas,
De trepar mezquites
De dibujar rayas en la tierra,
de regar las plantas,
De espantar las moscas
Hoy es tiempo de mirar tu cara roja,
De perderse dentro de tus ojos tristes
De volverse ufano.
Hoy es tiempo (IV)
De tropezarse en piedras
Hoy no es tiempo de volverse renco,
De gritar con los dientes apretados
Hoy no es tiempo de perder el tiempo en cosas locas
Hoy no es tiempo de golpearse el dedo del pie derecho
Hoy no es tiempo de amanecer despierto después de noches de volver el cuerpo
Hoy no es tiempo de lavar la ropa, ni brincar las trancas
No es tiempo de perder el tiempo sin mirar tus negros ojos
Hoy no es tiempo de perder el tiempo sin revolver tu pelo prieto
Hoy es tiempo de mirar tu rostro y llenarse de tus ojos llenos
Hoy no es tiempo de perder el tiempo sin tenerte siempre con la boca roja
Hoy es tiempo de caminar despierto por los caminos chuecos
Hoy es tiempo de besar tus labios, de perderme en ellos
Hoy no es tiempo de querer finito en tu amor bonito
Hoy es tiempo de llenarse el cuerpo con el cuerpo tuyo
Hoy es tiempo (III)
Olvidarán momentos
Aquellos que casi vuelan
Recogerán capullos tiernos
Aquellos que en el verano vieron
Ahora conocerán inviernos
Hoy es tiempo de olvidar infiernos
Es tiempo de morder los labios tiernos
De tanto escribir con tiento
De tanto escribir contento
Hoy es tiempo de apretar abrazos,
De morder los labios,
De abrir los brazos,
De sentir los vientos
De retozar los campos,
De perderse el tiempo,
De escribir contento
Hoy es tiempo de descansar por cierto,
De alborotar sin tiento,
La cabellera al viento
Hoy es tiempo de barajar los paisajes cientos
Hoy no es tiempo de escuchar lamentos,
Es tiempo de apretar los brazos
Dejar adentro quedos sentimientos
Hoy es tiempo de muchos tiempos
Hoy es tiempo (II)
De olvidar resabios
De perdonar agravios
Hoy es tiempo de la mujer trigueña
La que a duras penas
Hace de su vida amena
Es tiempo de llenar ventanas
Con música que sale de bocas llenas
Cuando la mujer despierta apenas
Es tiempo de desvestir la piel
Llenarse de sabor a miel
Y grabar el instante aquel
Es tiempo de hablarle a señas
De platicar de aquellas
Es tiempo de escribir poemas
A la mujer trigueña
Hoy es tiempo de romper cadenas
De amarrar aquellas
Que nos son ajenas
Es tiempo de contar estrellas,
De dormir con ellas
De decirles bellas
Hoy es tiempo de acariciar la luna
De trepar en el mar las dunas
De platicar con una
Que me cuente alegrías algunas
Hoy es tiempo (I)
De soltar las riendas a tus desenfrenos
Hoy es tiempo de contar historias,
De mirar los soles, de acurrucar pasiones
Es tiempo de mirar ventanas,
De entrar los soles a calentar rincones
Hoy no es tiempo de lunas llenas,
Es tiempo de lunas prietas, como la noche, de color oscuro
Hoy es tiempo de bailes, de brincos, de vestirse de colores
De vestirse del color del fuego
De un fuego que apenas empieza
Hoy es tiempo de apretar abrazos
De morderse en los labios
De flotar en los muchos vientos
Hoy es tiempo de escribir renglones
Hoy no es tiempo de anotar lamentos
Aquellos, lejos, regresarán contentos
Aquello cerca latirá por dentro
Hoy es tiempo de escribir contento
Aquello lejos te llenará de flores, cientos
Hoy es tiempo de retozar contento
Yo que nunca llego
Yo que nunca llego
Que no soy nadie
Junto a la silueta tuya
Y a tus sedas manos.
Yo que soy ajeno
De pelo corto
Y de poco rostro
De mejillas rojas
Como un señuelo
De camisa a rayas
Pantalón casero.
Yo que soy lejano
Que soy huraño
Que soy pagano
Yo que todo debo
Que nada acabo
Que todo empiezo
Que nunca llego
Que nunca bebo
Que siempre juego.
Yo que siempre sueño
Que siempre puedo
Que nunca quepo
Que nunca niego
Que tarde llego
A tu seno pleno.
Hoy es tiempo
De vestidos largos
De vestidos verdes
Hoy no es tiempo
De gritar a voces
De llamar demonios
Si el amor se acaba.
Yo que poco pienso
Que escribo poco
Y que poco a poco
Hasta me alboroto.
Yo que no soy yo
Soy un poco loco.
Tú, mujer que sueñas
Que no respondes
Que siempre dejas
Tú que eres seña
Que eres bella.
Mujer serena
Mujer que explota
Y que me alborotas
Mujer risueña
Que nunca empeñas
De lo que eres dueña.
Mujer que explota
Con la risa rota
Con los pies y botas
Mujer serena
Que todo empeñas
Que nunca agotas.
Mujer de largas botas
De palabras cortas
De nariz gaviota
Tú que Llegas, ríes
Que sufres, gritas
Quieres, brincas, gimes
Dejas, gruñes, gozas
Tienes, vienes
Bailas, vuelves,
Danzas, quieres.
Mujer que alboroza al río
Que te vuelca el frío
Te derrite el fuego
Te convierte en juego
Y que te gusta el juego.
Hoy es tiempo
De dejar aquello
Que te deja quedo
De pedir aquello
Que te deja ciego
Que te deja lejos.
Yo pido aquello
Que me deja ciego
Que me deja mudo
Que me deja cerca
Que me queda luego.
Yo pido aquello
Que el suspiro arranca
Como a un vestido
Mientras puedo y quiero
Mientras quito aquello
Que me impide verlo
Mientras puedo y abro
Todo lo que cerrado
Quieren siempre quede.
Yo quiero aquello
Que las puertas guardan
Con un gran recelo
Y cuando puedo abrirlo
Casi miro el cielo
Y quiero aquello
Porque siempre puedo
Y porque siempre quiero.
Mientras el sol la enlaza
La luna se encarama
En sus largas piernas
Y en ella se descarga
Con la cara tierna
Ella recuerda y sueña
Mientras el sol penetra aquella tierra
La luna mira con cara larga
Y ella quiere
Lo que el sol le quema
Mientras la cola larga
Que el cometa carga
La luna entrega
En las recias piernas
De su sol que bramaArtidoro Gracia/enero 2011
La acera recibe unos pasos en una mañana helada y se detienen ante un portento. Con la cara volteada hacia el Gran Castillo un enorme ahuehuete, cabizbajo y con algunas ramas rotas, entristece solitario. Parece que recuerda sus días de gloria, cuando con sus potentes brazos retaba a la más fuerte de las tempestades que con rencor lo azotaban. Hoy, ya es un anciano. Hasta los pájaros con sus nidos se han mudado.
El valle despertó temprano y está recién bañado. Unos caseríos pardos salpican los montes y de cuando en cuando, allá arriba, en el cielo, unos avispones de acero blancos, bajan y aterrizan. Al mismo tiempo, otros, como si se espantaran, levantan el vuelo y se alejan velozmente. Y a lo lejos, las montañas, como si fueran grandes manos, encierran a la ciudad y la aprietan con sus gigantescos dedos.
Un hombre duerme. Otro rasca la guitarra con la aurora, y uno más, tañe las campanas. El anciano ahuehuete los mira y los escucha. Ya sus piernas hincadas en la tierra no pueden llevarlo hacia donde él quisiera. Sus brazos caídos no alcanzan a nadie, ni siquiera a esa guitarra que lastimeramente lo acompaña como el sonido del viento cuando atraviesa su follaje. Los bigotes caídos parecen largas ramas de sauces llorones y tienen tintes grises. Son las vendas que curan su cansado tronco. El ahuehuete dormita y sueña cansinamente.
¡De cuántas encarnizadas batallas ha sido testigo este gigante adolorido! Batallones que presurosos suben y bajan las cuestas del viejo castillo, pasan bajo su sombra. ¡Cuántos hombres en guerra recargan la espalda en su tronco para guarecerse de los tiros!
Rifles, fusiles, bayonetas caladas, machetes y mosquetones se trenzan en el fragor de los fuegos. Humos, olor a disparos, gritos, caballos con riendas sueltas, desbocados. Desbandadas, luchas cuerpo a cuerpo, nadie triunfante, todos vencidos.
Y en las paredes del Gran Castillo macizo, truenan los viejos cañones, que con el tiempo, serán piezas de rara artillería en los salones de sus museos. El férreo ahuehuete sirve de escondite a los defensores. Y en sus ramas frondosas estallan los mosquetes y granaderos. Aguantan como aguanta el hierro el golpe del herrero embravecido.
Los rostros con color del fuego, los pechos prietos descubiertos, los corazones rotos, partidos por el acero. Charcos rojos, hilos que enrojecen las huellas de los que escapan y luego quedan como cascarones de tierra seca. Metal y madera rotos. Pólvora quemada, lenguas de llamas que se levantan. Caballos que bufan, hombres que se lamentan, humaredas que se elevan revolcándose. Jirones de una bandera que ondea cabizbaja y corta.
Los pájaros se desperdigan, ningún valiente retrocede ni se amilana. Las huestes que defienden al Gran Castillo se redoblan. Y los hombres recios sobre los cuerpos caídos, ufanos empiezan a convertirse en la leyenda, junto al árbol altivo. Escriben ellos mismos su incipiente historia. La labran febriles en el tronco del frondoso árbol. Bandoleros de los tiempos, forjados a tierra y piedra. Estampidas de corceles, sudorosa la tropa hambrienta. Intentan apagar las llamas, se echan a cuestas a los malheridos. En el tercio de la tarde, la cuesta a la muralla del alcázar se les hace eterna. Interminable como el estío. Larga la culebra de las bayonetas apuntando al cielo. Se alinean en el camino curvo que los lleva, ya pronto, al encuentro de su destino y su leyenda.
Al llegar a la puerta, el primero de aquellos aguerridos fieros, una mujer ya lo espera con el laurel en las sienes. Él la toma del talle y la arrastra hacia su herido cuerpo; ella con los brazos anudados en la espalda, las mejillas brillantes y los labios sueltos y temblorosos. Emocionados.
El ahuehuete altivo como ciervo en el bosque, es testigo del encuentro de aquella sangre y de aquél femenino fuego. Encuentro de labios, víctimas inocentes de la cruenta guerra. Mejillas morenas, manos con dedos férreos. Chispazos de sueño de crudos cuerpos.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Noche y luna llena de Año Nuevo
Hoy fue un día intenso como pocos. Empezó desde anoche con su luna llena, brillante en la punta de la cresta de un cielo negro y miles de estrellas como si fueran gotas de pintura esparcidas por aquí y por allá, con menos brillo, pero igual de hermosas como ella.
El sol llegó desde muy temprano, entró por las cortinas y empezó a calentar mi casa con delicia.
Durante el día de un azul inmenso, el aire soplaba fresco, limpio, y mecía los árboles sacudiéndoles las últimas hojas secas. Las tiró al piso, y después, las recogió cantando como si fuera el jardinero de la casa. Sin descansar, se siguió por el cielo, le barrió las pocas nubes y lo dejó tan limpio que parecía una pista de mármol que invitaba a danzar al ritmo de sus canciones.
Y yo absorto, paladeando el color del día, la calidez del sol y la frescura de la sombra de los robles en el patio.
Yo también cantaba y le ayudé al viento a recoger hasta la última hojarasca. Mis manos hicieron lo que a él se le dificultaba. Terminamos la faena siendo amigos y nos sentamos a esperar a que llegara la negra noche. Vendría de la mano de la luna llena.
Después, el viento me acompañó a recoger un poco de gruesa leña. No podía faltar en la chimenea para calentarme junto al gato que, hecho un ovillo, ronroneaba sobre mis piernas.
Ya estábamos listos para recibir a otro Año Nuevo. Y cuando mis ojos y oídos se llenaron de luces y de truenos, llegó acompañado de sus amigas; la noche y la radiante luna.
¡Que seas feliz, Año Nuevo!
lunes, 28 de diciembre de 2009
Tendidos en La Maestranza
—¿Puedo entrar al museo? —le dije asombrado por la belleza de sus ojos verdes grisáceos y el par de hoyuelos que se le formaron en las mejillas cuando me sonrió. Yo estaba encandilado por el fuerte sol que se reflejaba en los ladrillos del famoso coso. Ella se recargó en el dintel del portón guareciéndose bajo la sombra de los anchos muros.
—Ya está cerrado —me dijo con una voz angelical, suave y profundamente encantadora. Su presencia fue un remanso después de haber caminado por las calurosas, estrechas y laberínticas callejuelas del centro de Sevilla que me llevaron hasta La Maestranza, la famosa plaza de toros de España.
—Hace quince minutos debí haber cerrado. Los sábados lo hago a las cuatro. Por alguna razón que no entiendo, me retrasé. Ya estaba en la puerta cuando tocaste —. Seguía sin moverse, Sólo se balanceaban sus labios y el pelo acariciado por la brisa que venía desde el Guadalquivir.
—Vengo de muy lejos y me perdí en los callejones. No quiero irme sin haber conocido la plaza de toros y su museo. Me voy en el primer tren de mañana domingo, sale a las seis. Por favor muéstramelo rápido, tomo unas fotos y sigo conociendo la ciudad antes de que anochezca.
—Bien, pasa por favor. La ventaja es que vivo aquí muy cerca, justo enfrente, al otro lado del río.
Desdoblé un mapa que traía en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Para ir a tu casa, cruzas el río por el puente Isabel II?
—Si, por ahí paso todos los días, me lleva menos de diez minutos llegar a donde vivo.
Seguía fascinado por su belleza. Usaba una falda larga, llena de florecitas violetas y rojas sobre un pulcro blanco y una blusa de un amarillo pálido que le combinaba muy bien con el color de su cabello castaño y el verde gris de sus ojos. El gesto de la sonrisa le adornaba deliciosamente el rostro. Me tenía maravillado. No quería hablar para no romper con la magia de su presencia.
Adentro, se sentía el fresco de las gruesas paredes. El recibidor de doble altura se iluminó con la luz del portón al abrirse. Fue como entrar al cielo acompañado por el ángel que lo cuidaba; la Princesa de La Maestranza.
—¿Y dónde exactamente vives?
—En la Calle Del Rocío. Es una muy pequeña que desemboca sobre Betis que es la calle que bordea el Guadalquivir. Pasa, aquí empieza el museo.
Su voz me tenía embelesado y no me di cuenta que ya estaba en medio de la primera sala.
Me sedujo aún más con el conocimiento que tenía de la plaza y de su museo. Era una experta guía taurina.
—En esta primera sala, se pueden ver los carteles más antiguos. Ese de seda está fechado en 1740. En las vitrinas hay representaciones de los servidores de la plaza en el siglo XVIII; timbaleros, desjarretadores y lanceros.
Entramos a la segunda sala, igual o un poco más grande que la primera. Casi le rozaba sus manos con las mías, sentía su aliento fresco, perfumado y seductor.
—Aquí hay un conjunto de pinturas del siglo XIX. Destaca la obra "Cogida de muerte de Pepe Illo", de Eugenio Lucas.
Sus palabras se me perdían. No le quitaba la mirada de los impresionantes ojos que como luceros le maravillaban el rostro. Sus manos parecían mariposas que aleteaban con sus colores sobre las altas paredes blancas. Su pelo se movía cayéndole sobre los hombros.
—La tercera sala está dedicada a la época de Belmonte y Joselito el Gallo. Aquí se pueden ver obras talladas en bronce. Antes de entrar a la última sala, salgamos a la arena. Es magnífica, puedes mirar las galerías, el Palco del Príncipe, los balcones, los tendidos y las puertas por donde aparecen los toros. Toma las fotografías que necesites, yo me adelanto y te espero allá en aquella puerta en donde está la cuarta sala —me dijo. Giró sobre sus pies y se fue despacio con coquetería.
La vi caminar con su cuerpo ondulante. Apunté la cámara para tomar fotografías de su espalda, enmarcada por los arcos de las maderas rojas de la techumbre. El blanco de su falda adornada con flores se recortó sobre el color café de la arcilla de la plaza de toros. Disparé en varias ocasiones hasta que su silueta se perdió en las sombras de la puerta al final del museo.
En cuanto desapareció, fui tras ella. Entré a la sala, y me recibieron unas cabezas de toros que colgaban en las paredes, unos trajes de toreros y capotes en las vitrinas y óleos y pinturas de autores contemporáneos en nichos iluminados. Pero ella no estaba. No sabía ni cómo se llamaba. Pensé que estaría, tal vez, retocando el rímel de sus pestañas y limpiándose el polvo de las zapatillas. Seguí esperándola. Antes de terminar el recorrido, al llegar a la puerta de salida, algo me hizo volver la cabeza hacia una galería. Era un pequeño cuarto que estaba a un lado de la sala, como un lugar reservado y especial. Entré. Sobre la pared, estaba un rótulo con la leyenda; “Tragedias en La Maestranza”.
En el primer cartel, tapizado de imágenes y textos, estaba descrito un drama ocurrido en mayo de 1992. Se veía a un torero ensartado por los pitones de “Cabestito”, un enorme toro, muy basto, fino, y muy fiero que le partió el corazón en dos pedazos como si hubiera partido una manzana de un solo golpe. La arcilla se manchó de un color rojizo y los espectadores cubrieron sus bocas para que no salieran gritos de espanto. Las escalofriantes imágenes y el trágico relato me impactaron.
Mientras esperaba a que la mujer regresara, miré varios cuadros que relataban la muerte de toreros o de valientes y aguerridos banderilleros. Empezaba a impacientarme.
Casi al final de la salita, en una fotografía, se miraba a un toro volando por encima de los burladeros, parecía como si fuera un camaleón encorvado, aferrado a las tablas, brincándolas ante los ojos y bocas muy abiertas del público. En medio del coso rojo y oro, altar en donde se veneraba la fiesta, la gloria y la tragedia, algunos despavoridos, desparramaban las bebidas al aire ante el ataque bravío del morlaco gigante y el peligroso acecho de las astas filosas.
Y ahí estaba ella, con el mismo pelo bailándole por encima de su cabeza, despeinada ante la embestida de la fiera. Con la misma mirada verde grisácea que me había recibido en la puerta de este templo de la muerte festiva. Bajo la fotografía, alcancé a leer: “Pilar Marcial, joven mujer, muere por los pitones y pezuñas de imponente morlaco que voló por encima de los tendidos y le astilló el pecho como si fuera un espejo de cristal”.
Mi corazón se estrujó, era ella, sin duda, ahora sabía su nombre. Era la misma mirada brillante, el mismo cabello revuelto. Grité llamándole. Un frío y denso silencio me respondió. Afuera, sobre las tablas de los tendidos, se escabullía y silbaba el aire. Era como una lúgubre melodía. Unos pequeños remolinos levantaron polvo del redondel.
Estupefacto y como si flotara, salí de la plaza de toros, por la puerta en donde me la encontré. Sentía un escalofrío en la espalda y las manos me sudaban. Un temblor en la barbilla y la incredulidad invadió mi cabeza. Corrí por la orilla del río. Un pequeño barco carguero navegaba hacia el sur aventando un hilo de humo al cielo. Más adelante, montado sobre el Guadalquivir, estaba el puente Isabel II. Al otro lado, algunas calles que nacían del borde del río, estaban con una mitad en la sombra y la otra iluminada por la tarde. En algunas de ellas vivía Pilar. Abrí el mapa con temblorosas manos y localicé la Calle del Rocío, en donde ella dijo que vivía. Estaba a unos cien metros al sur de donde desembocaba el puente. Corrí para cruzarlo. No me quedaría con la terrorífica duda.
Llegué a la calle. Ésta era muy corta. Era seguro que todos los vecinos se conocían entre ellos. A la primera persona que me encontré, un hombre ya viejo y de mirada cansina, le pregunté por Pilar Marcial. Incrédulo y sorprendido me respondió con dos preguntas.
—¿A Pilar?… ¿En dónde… en dónde la miró?
—Allí en La Maestranza —le respondí mientras señalaba con el índice las torres de ladrillo que sobresalían al otro lado del río.
Y me dijo desesperado masticando cada palabra y con un dolor en la boca.
—¡No puede ser que la haya visto. Ese maldito lugar lo cerraron desde la muerte de mi Pilarcita!