miércoles, 5 de enero de 2011

Tan viejo como la sangre y fuego
Artidoro Gracia/enero 2011


La acera recibe unos pasos en una mañana helada y se detienen ante un portento. Con la cara volteada hacia el Gran Castillo un enorme ahuehuete, cabizbajo y con algunas ramas rotas, entristece solitario. Parece que recuerda sus días de gloria, cuando con sus potentes brazos retaba a la más fuerte de las tempestades que con rencor lo azotaban. Hoy, ya es un anciano. Hasta los pájaros con sus nidos se han mudado.
El valle despertó temprano y está recién bañado. Unos caseríos pardos salpican los montes y de cuando en cuando, allá arriba, en el cielo, unos avispones de acero blancos, bajan y aterrizan. Al mismo tiempo, otros, como si se espantaran, levantan el vuelo y se alejan velozmente. Y a lo lejos, las montañas, como si fueran grandes manos, encierran a la ciudad y la aprietan con sus gigantescos dedos.
Un hombre duerme. Otro rasca la guitarra con la aurora, y uno más, tañe las campanas. El anciano ahuehuete los mira y los escucha. Ya sus piernas hincadas en la tierra no pueden llevarlo hacia donde él quisiera. Sus brazos caídos no alcanzan a nadie, ni siquiera a esa guitarra que lastimeramente lo acompaña como el sonido del viento cuando atraviesa su follaje. Los bigotes caídos parecen largas ramas de sauces llorones y tienen tintes grises. Son las vendas que curan su cansado tronco. El ahuehuete dormita y sueña cansinamente.
¡De cuántas encarnizadas batallas ha sido testigo este gigante adolorido! Batallones que presurosos suben y bajan las cuestas del viejo castillo, pasan bajo su sombra. ¡Cuántos hombres en guerra recargan la espalda en su tronco para guarecerse de los tiros!
Rifles, fusiles, bayonetas caladas, machetes y mosquetones se trenzan en el fragor de los fuegos. Humos, olor a disparos, gritos, caballos con riendas sueltas, desbocados. Desbandadas, luchas cuerpo a cuerpo, nadie triunfante, todos vencidos.
Y en las paredes del Gran Castillo macizo, truenan los viejos cañones, que con el tiempo, serán piezas de rara artillería en los salones de sus museos. El férreo ahuehuete sirve de escondite a los defensores. Y en sus ramas frondosas estallan los mosquetes y granaderos. Aguantan como aguanta el hierro el golpe del herrero embravecido.
Los rostros con color del fuego, los pechos prietos descubiertos, los corazones rotos, partidos por el acero. Charcos rojos, hilos que enrojecen las huellas de los que escapan y luego quedan como cascarones de tierra seca. Metal y madera rotos. Pólvora quemada, lenguas de llamas que se levantan. Caballos que bufan, hombres que se lamentan, humaredas que se elevan revolcándose. Jirones de una bandera que ondea cabizbaja y corta.
Los pájaros se desperdigan, ningún valiente retrocede ni se amilana. Las huestes que defienden al Gran Castillo se redoblan. Y los hombres recios sobre los cuerpos caídos, ufanos empiezan a convertirse en la leyenda, junto al árbol altivo. Escriben ellos mismos su incipiente historia. La labran febriles en el tronco del frondoso árbol. Bandoleros de los tiempos, forjados a tierra y piedra. Estampidas de corceles, sudorosa la tropa hambrienta. Intentan apagar las llamas, se echan a cuestas a los malheridos. En el tercio de la tarde, la cuesta a la muralla del alcázar se les hace eterna. Interminable como el estío. Larga la culebra de las bayonetas apuntando al cielo. Se alinean en el camino curvo que los lleva, ya pronto, al encuentro de su destino y su leyenda.
Al llegar a la puerta, el primero de aquellos aguerridos fieros, una mujer ya lo espera con el laurel en las sienes. Él la toma del talle y la arrastra hacia su herido cuerpo; ella con los brazos anudados en la espalda, las mejillas brillantes y los labios sueltos y temblorosos. Emocionados.
El ahuehuete altivo como ciervo en el bosque, es testigo del encuentro de aquella sangre y de aquél femenino fuego. Encuentro de labios, víctimas inocentes de la cruenta guerra. Mejillas morenas, manos con dedos férreos. Chispazos de sueño de crudos cuerpos.

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