jueves, 4 de junio de 2009

Círculos de fuego


Artidoro Gracia, mayo/09

Sube a la cima de la colina cargando antorchas y una caja de cerillos. Abajo, en el valle, las aguas están tranquilas y controladas. Sin embargo, al hombre aquél le gusta jugar en las alturas con el fuego entre sus manos. Hace malabares arriesgándose el pellejo, practica piruetas y baila en la cuerda floja con los círculos que arden, como si fuera un malabarista del circo que se estacionó en el pueblo.
De madrugada, cuando el alcohol lo embrutece, inicia las cabriolas. Da saltos arriesgados cambiando el pie, mientras una antorcha gira con desequilibrio, otra hace círculos chispeantes y casi colisiona con los otros aros, y una más, no menos peligrosa, irrumpe con escandaloso brillo quemándole los dedos.
Allá, en el horizonte plano, las casas blancas con tejados rojizos se encuentran apacibles, se llenan con los cantos de los gallos, que sueltos, vagan por los corrales buscando a sus gallinas.
El hombre, en el filo de la navaja, está a punto de cruzar la línea delgada de la prudencia. Los círculos de fuego andan por el aire cruzándose en el río revuelto de la prisa. Cambia de pie y de manos, mientras su cabeza es un completo caos.
Una piedra en donde se apoya es de barro. Se deshace cuando las llamas chocan entre sí en la orilla del despeñadero.

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